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El peso mexicano, ignorado como pariente pobre, ahora es la última Coca-Cola del desierto para los inversionistas

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¡Atención, mundo! El peso mexicano, esa moneda que los inversionistas ignoraban como a un testigo de Jehová en domingo por la mañana, ha vuelto con más fuerza que nunca. Resulta que después de meses de hacerle el feo, ahora todos se pelean por él. Con una subida de casi un 2% en agosto, el peso se pavonea como si se hubiera ganado la lotería, alcanzando su mejor nivel en dos años y demostrando que la paciencia paga… o al menos, que el aburrimiento de los demás te beneficia.

La repentina popularidad del peso no es por mérito propio, sino porque sus competidores andan metidos en líos. El real brasileño está más nervioso que un novio en el altar por las próximas elecciones presidenciales, y el peso colombiano, que andaba de fiesta imparable, parece que ya se le está acabando la borrachera y se acerca la cruda. Como dijo un analista, México se ha beneficiado por ser una «operación de recuperación», que es la forma elegante de decir que era el último que quedaba en la fiesta que no estaba vomitando en el baño.

La gran ventaja de México en este momento es su asombrosa capacidad para ser predeciblemente aburrido. Como bien dijo un genio de HSBC, «en México, la ausencia de noticias es una buena noticia». Mientras sus vecinos ofrecen más drama que una telenovela de las nueve, el peso mexicano se mantiene tranquilo, como ese amigo que prefiere quedarse en casa viendo una serie en lugar de salir a buscar problemas. Esta calma chicha es el paraíso para los inversionistas que solo quieren hacer su chamba sin que les dé un infarto cada cinco minutos.

No es la primera vez que el peso se viste de superhéroe. Hace tiempo le apodaron el «superpeso», pero su carrera duró menos que un suspiro después de que unas elecciones le dieran al partido en el poder carta blanca para hacer reformas que asustaron al dinero. Ahora, el «superpeso» intenta volver del retiro, un poco más viejo y cauteloso. Incluso las negociaciones del T-MEC, que amenazaban con ser un circo de tres pistas, han transcurrido sin mayores dramas, consolidando su nueva imagen de moneda responsable.

Así es como el peso mexicano ha pasado de ser el último de la fila a liderar la comparsa en agosto, superando a todas las divisas de la región. Los fondos de cobertura están apostando por él como si no hubiera un mañana. Queda por ver cuánto durará este romance, pero por ahora, el peso disfruta de sus quince minutos de fama, demostrando que a veces, el secreto del éxito no es ser el más fuerte o el más guapo, sino simplemente el menos problemático del grupo.

Europa le planta un «hasta luego» a la carne brasileña por exceso de pastillas

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La Unión Europea ha decidido que, a partir de este jueves, la carne de vaca y de pollo brasileña se quede fuera del club como el invitado que llega a la fiesta con el aliento a farmacia. Bruselas quiere garantías de que en las granjas sudamericanas no se esté repartiendo antibióticos como si fueran confeti en Carnaval.

Resulta que en mayo ya habían sacado a Brasil de la listita de países “bien portados” con el uso de remedios en la ganadería. Todo esto ocurre mientras el acuerdo con el Mercosur sigue dando de qué hablar y el sector europeo pone el grito en el cielo más alto que hincha en la final de Champions. La Comisión dice que Brasil no ha traído todavía los papeles suficientes para demostrar que sus animales no viven a base de jarabe y pastilla.

“Brasil es un socio importante y estamos dialogando de forma constructiva”, soltó una portavoz con esa calma diplomática que parece sacada de manual de relaciones públicas. Traducción libre: tráennos pruebas de que no están medicando vacas y pollos como si fueran hipocondriacos crónicos, y hablamos. La suspensión también alcanza a huevos y miel, porque al parecer ni lo dulce se salva del control sanitario.

Para el pollo y la miel hay una auditoría que termina el viernes. Si sale bien, en unas semanas podrían volver a cruzar el Atlántico. La carne de res, en cambio, se va a tener que armar de paciencia: los ciclos de producción son más largos que cola en el banco un día de pago. “Según la especie, los tiempos cambian”, explicó la Comisión, que es una forma elegante de decir que la vaca no se certifica al mismo ritmo que la gallina.

Estas medidas forman parte de la cruzada europea contra las bacterias que se han vuelto más resistentes que suegra en disputa de herencia. Nadie quiere que los microbios lleguen blindados a los hospitales porque en algún feedlot les dieron antibióticos por deporte. El acuerdo UE-Mercosur entró en vigor provisional el 1 de mayo, y ahora resulta que la letra pequeña sanitaria pesa más que el brindis de la firma.

Mientras tanto, Brasil tendrá que demostrar que puede producir bife y muslo sin convertir el establo en botiquín ambulante. Europa, por su parte, sigue con el dedo levantado como árbitro que acaba de sacar tarjeta roja… y no piensa guardarla hasta ver resultados de laboratorio.

La pelea de los repartidores en Brasil: iFood acusa a su rival chino de competencia sucia, pero se le olvidó barrer su propia casa

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En el salvaje mundo del reparto de comida a domicilio en Brasil, se ha desatado una pelea digna de telenovela. La empresa iFood, que hasta hace poco era el rey indiscutido del barrio con un 75% del mercado, ha corrido a llorarle al regulador de la competencia. ¿El motivo de su berrinche? Un nuevo competidor chino llamado Keeta, que llegó a São Paulo con la billetera más gorda que la de un político en campaña y está usando precios artificialmente bajos para robarle la merienda.

La acusación de iFood es que Keeta, respaldada por su multimillonaria empresa matriz Meituan, está regalando el almuerzo para quedarse con todos los clientes. Según ellos, la estrategia de los recién llegados consiste en subsidiar descuentos y ofrecer tarifas a los restaurantes que son más baratas que una imitación de marca en la feria. En palabras de iFood, esto no se trata de quién es mejor, sino de quién tiene más billetes para quemar en descuentos agresivos.

Pero aquí es donde la trama se pone buena, como cuando descubres que el héroe de la película también tiene sus trapitos sucios. Resulta que el propio iFood está siendo investigado por el mismo regulador al que ahora le pide ayuda, por presuntas mañas con contratos de exclusividad con restaurantes. Keeta, ni corta ni perezosa, respondió que la denuncia de iFood es una simple cortina de humo para desviar la atención de sus propios pecadillos.

La estrategia de Keeta no es ningún secreto. Aterrizaron en Brasil con un plan para invertir 1.000 millones de dólares en cinco años, una cantidad de dinero con la que podrían comprar el país entero y todavía les sobraría para el postre. En solo tres meses, ya superaron a otro competidor, Rappi, en usuarios activos, demostrando que llegaron con la chequera abierta y dispuestos a comprar el mercado entero si es necesario.

iFood advierte que este cuento ya lo han visto en otros países como Hong Kong y el Medio Oriente. La historia es siempre la misma: una empresa con bolsillos infinitos llega, regala cupones hasta que la competencia quiebra, y una vez que tiene el monopolio, sube las comisiones a los restaurantes hasta dejarlos sin ganancias. Es la clásica estrategia del «caballo de Troya», pero en lugar de soldados, el caballo está lleno de comida con descuento.

Mientras tanto, el regulador brasileño tiene la tarea de decidir si esto es una competencia feroz o una guerra de carteras donde gana el más rico. Los usuarios en São Paulo, por su parte, disfrutan de los descuentos sin hacer preguntas, aprovechando la guerra de precios para comer barato. Lo que no saben es que, como en toda buena fiesta pagada por otro, la resaca de precios altos podría llegar más temprano que tarde.

Casi un millón de chilenos sin trabajo, pero el gobierno jura que septiembre traerá la magia

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Las cifras de desempleo en Chile llegaron para aguar la fiesta, con un 9,5% que se traduce en más de 980.000 personas mirando el techo y pensando en cómo pagar las cuentas. Sin embargo, en un despliegue de optimismo que desafía toda lógica matemática, los funcionarios del Gobierno salieron a decir que no nos preocupemos, que todo es parte del plan. Al parecer, solo hay que aguantar un poquito más, porque en septiembre, como por arte de magia, todo comenzará a mejorar.

El biministro de Economía y Minería, Daniel Mas Valdés, apareció en sus redes sociales para ponerle paños fríos al asunto con la misma calma de quien describe el clima. Reconoció que la cosa está fea, pero destacó que el programa #ModoEmpleo ya generó 35.000 puestos de trabajo. Una cifra heroica, sin duda, que solo deja a unas 945.000 personas preguntándose si a ellas no les llegó el memorándum del mentado programa.

Por su parte, el ministro del Trabajo, Tomás Rau, sacó del sombrero la excusa más clásica que el pan con mantequilla: la culpa es de la estacionalidad del invierno. Al parecer, la gente no encuentra trabajo porque hace frío, una teoría que seguramente revolucionará la economía moderna. Con una fe ciega, aseguró que a partir de septiembre veremos «mejores cifras», como si el cambio de estación viniera con un contrato de trabajo bajo el brazo para todos.

Para tranquilizar a las casi 980.000 almas que buscan empleo, el gobierno ofrece un subsidio para la contratación con 25.000 cupos. Es el equivalente a intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua, pero hay que admitir que el gesto es adorable. Mientras tanto, las familias chilenas siguen haciendo malabares para estirar un presupuesto que ya parece un chicle masticado.

Y como no hay mejor truco que una buena promesa a largo plazo, también mencionaron una agenda laboral que está en el Congreso. Hablan de Sala Cuna Universal y jornadas laborales flexibles, beneficios maravillosos para quienes, en primer lugar, logren encontrar un trabajo. Le están prometiendo el postre a gente que todavía no ha visto ni el pan de la entrada.

Así que, mientras los ministros marcan con entusiasmo el calendario esperando la llegada milagrosa de septiembre, casi un millón de chilenos revisan si la «paciencia» cuenta como una habilidad profesional en sus hojas de vida. Solo queda esperar y ver si el noveno mes del año trae empleos o solo más excusas con olor a primavera.

Trump vende un acuerdo petrolero con Venezuela que tiene más humo que una parrillada

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Donald Trump, en su mejor papel de vendedor de remedios milagrosos, ha sacado de la chistera un acuerdo petrolero con Venezuela que, según él, solucionará todos nuestros problemas. Promete gasolina más barata y reservas estratégicas llenas, un sueño húmedo para cualquier votante a pocos meses de las elecciones. La jugada maestra nació, según los chismosos, de su frustración porque las petroleras de verdad, como ExxonMobil y ConocoPhillips, no se movían lo suficientemente rápido para su gusto.

El único detallito, una minucia sin importancia, es que nadie sabe de dónde saldrán los 100.000 millones de dólares necesarios para la fiesta. La Casa Blanca asegura que no saldrán de los bolsillos de los contribuyentes, lo cual es un alivio. El socio privado en esta aventura, una empresa llamada North American Blue Energy Partners, parece tener el capital de un puesto de limonada en comparación con la millonada que se necesita. Es como planear la construcción de un rascacielos con el presupuesto de una casita para perros.

Este plan sin fisuras ya tiene a los expertos, como Francisco Monaldi de la Universidad Rice, arqueando una ceja y preguntando «¿y de qué contrato estamos hablando?». La mayoría de esas supuestas reservas de 65.000 millones de barriles ni siquiera están debidamente probadas, lo que equivale a vender un billete de lotería que podría estar premiado, o no. La prisa, por supuesto, tiene nombre y apellido: elecciones de noviembre. Es un truco de magia perfecto para presumir ahora, aunque la gasolina siga por las nubes durante años.

La cruda realidad, esa aguafiestas, es que levantar la producción petrolera en Venezuela es más lento que una conexión a internet de los noventa. Los 17 yacimientos incluidos en el acuerdo necesitan miles de millones en reparaciones y tienen una infraestructura más precaria que un castillo de naipes. Los expertos calculan que las obras podrían extenderse mucho más allá del mandato de Trump, que finaliza en enero de 2029. Para entonces, la promesa de gasolina barata será un vago recuerdo de campaña.

Mientras tanto, las grandes petroleras, que no son precisamente novatas en esto, miran el acuerdo con la misma confianza con la que uno miraría un sándwich de procedencia dudosa. El riesgo político es un volcán a punto de estallar: ¿qué pasará si cambia el gobierno en EE. UU. o en Venezuela? Las empresas actúan con cautela, recordando viejas historias de expropiaciones. Así que, mientras Trump presenta una victoria épica, la realidad es que el acuerdo tiene más incertidumbres que el final de una telenovela, y el único petróleo que se ve por ahora es el humo que vende la Casa Blanca.

El acuerdo petrolero de EE. UU. y Venezuela tiene más dudas que un examen de matemáticas

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En un anuncio que sonó más a guion de película de ciencia ficción, Estados Unidos y Venezuela proclamaron un acuerdo petrolero histórico que haría salivar a cualquier magnate. Sin embargo, los aguafiestas del banco UBS han sacado la lupa de detective y han declarado que el pacto tiene más agujeros que un colador. Al parecer, todo el mundo está hablando del fiestón, pero nadie ha visto las invitaciones oficiales, porque ni decretos ni contratos han aparecido por ningún lado.

Una de las primeras banderas rojas, según UBS, es si Delcy Rodríguez, como presidenta interina, tiene el poder para hipotecar el futuro petrolero del país por los próximos 25 años. Es como si el encargado de la tienda de la esquina intentara vender todo el edificio con un contrato de palabra, sin preguntarle al dueño ni a la junta de vecinos. La Constitución venezolana, además, dice que el petróleo es del pueblo, una menudencia legal que parece habérseles olvidado en la emoción del momento.

Pero las dudas no solo llueven en Caracas, sino también en Washington. Un proyecto de miles de millones de dólares probablemente necesite la bendición del Congreso, y ya sabemos que ponerlos de acuerdo es más difícil que armar un mueble de Ikea sin instrucciones. Y si lo hacen por la puerta de atrás, el próximo presidente podría usar el contrato para limpiarse los zapatos y tirarlo a la basura en su primer día en la oficina.

El pequeño detalle del dinero también es un problema. Se habla de más de 100.000 millones de dólares en inversión, una cifra que suena muy bien hasta que preguntas quién va a poner la lana. UBS sugiere que las grandes petroleras estadounidenses tendrían que participar, pero estas empresas tienen la memoria de un elefante. Recordemos que ExxonMobil y ConocoPhillips todavía están esperando que les paguen por la última vez que confiaron en la palabra de un político venezolano.

La meta de producir 1,5 millones de barriles diarios también suena a promesa de Año Nuevo. UBS señala, con una paciencia de santo, que después de la salida de Nicolás Maduro, la producción a duras penas subió entre 100.000 y 200.000 barriles. Prometer semejante aumento es como si alguien que apenas sube las escaleras sin ahogarse prometiera escalar el Everest el mes que viene.

En resumen, el acuerdo es una bonita declaración de intenciones, como la promesa de empezar la dieta el lunes. UBS concluye que sin un marco legal más sólido que un ladrillo, es poco probable que llegue el dinero o que aumente la producción de petróleo. Todos sabemos cómo termina eso: con más dudas que resultados y una visita nocturna al refrigerador en busca de consuelo.

Argentina estrena su servicio de suscripción mensual de sustos con los tarifazos de septiembre

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Justo cuando los argentinos pensaban que podían guardar la calculadora por un rato, llega septiembre para recordarles que la paz financiera es un mito urbano. El noveno mes del año trae bajo el brazo una nueva temporada de aumentos en servicios esenciales como transporte, salud y educación, demostrando una vez más que el deporte nacional no es el fútbol, sino hacer malabares para llegar a fin de mes. El presupuesto familiar se prepara para recibir más golpes que un saco de boxeo en un gimnasio de barrio.

El protagonista indiscutido de esta película de terror es el transporte público. Viajar en colectivo en la Ciudad de Buenos Aires subirá un 4,1%, llevando el boleto mínimo a la astronómica cifra de 887,99 pesos, casi lo que antes costaba un almuerzo decente. Pero si tienes la osadía de cruzar la General Paz, la provincia te recibe con un aumento del 4,3%, dejando el pasaje en 1.158,97 pesos. Esa diferencia de 270,98 pesos es el peaje invisible que pagas por cambiar de jurisdicción. Mientras tanto, el subte porteño sube un 4% y el boleto costará 1.753 pesos, un precio que sugiere que los túneles están revestidos en oro.

Por supuesto, la salud y la educación no se quedan atrás en esta carrera de precios. Las empresas de medicina prepaga aplicarán aumentos de entre 1,9% y 3,11%, una inversión en tu bienestar que te provoca un mini infarto cada vez que llega la factura. Los colegios privados también ajustan sus cuotas entre un 2,5% y un 4,2%, porque al parecer, aprender a sumar y restar ahora incluye la lección práctica de cómo restarle varios ceros a la cuenta bancaria de tus padres.

Para que no se sientan excluidos los valientes que todavía usan su vehículo particular, los peajes también se suman a la fiesta con un incremento promedio del 4%. Es el recordatorio mensual de que tener auto en Argentina es un lujo que se paga en cómodas y dolorosas cuotas en cada cabina que cruzas. El sueño de la libertad sobre cuatro ruedas se desvanece un poco más con cada aumento.

Al final del día, todos estos pequeños porcentajes se combinan para formar una tormenta perfecta sobre el ingreso de las familias, que sigue cayendo como si estuviera en caída libre. Los argentinos ya no necesitan un título en economía para administrar sus finanzas, sino uno en magia, escapismo y, sobre todo, buen humor para no llorar. Septiembre recién empieza, y la billetera ya está pidiendo la hora.

Las cuentas de Colombia están más en rojo que el celular de un adolescente castigado

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El gobierno de Colombia acaba de hacer un acto de sinceridad brutal, abriendo sus libros de contabilidad para que todo Wall Street viera el desastre. La conclusión fue la misma que cuando revisas tu estado de cuenta después de las vacaciones: un susto de muerte. El nuevo presupuesto reveló que el déficit fiscal llegará a un alarmante 7,2% del PIB en 2026 y se disparará a un récord de 9,4% en 2027. Los inversionistas pasaron de la sorpresa al pánico en menos tiempo de lo que se tarda en gastar el aguinaldo.

La razón de este agujero negro fiscal no es tanto que se hayan puesto a gastar como marineros borrachos, sino que finalmente sacaron todos los trapitos sucios al sol. Resulta que había un montón de deudas y obligaciones escondidas debajo de la alfombra, como subsidios a la gasolina, pensiones sin fondos y cuentas de salud que nadie quería pagar. A esto hay que sumarle los gastos para la reconstrucción después del terremoto, porque claro, al mal tiempo, una pila de facturas.

Los bancos de inversión, como si fueran psicólogos financieros, aplaudieron el gesto de honestidad. JPMorgan dijo que era «un paso adelante significativo» admitir el desastre en lugar de ocultarlo, lo que suena a un «qué bien que reconoces tu problema de adicción a las deudas». Sin embargo, la palmada en la espalda vino acompañada de una pregunta incómoda: «Y bueno, ¿cómo piensas pagar todo esto?». La deuda neta saltará del 59,7% al 66,2% del PIB, una cifra que asusta hasta al más valiente.

Ahora viene la parte divertida: el gobierno necesita conseguir la módica suma de 266 billones de pesos, que son unos 83.000 millones de dólares. Una cantidad de dinero tan absurda que probablemente ni exista en billetes. Los analistas se rascan la cabeza pensando de dónde saldrá semejante dineral, si de bonos, préstamos de organismos multilaterales o si simplemente le pedirán un adelanto a algún pariente millonario.

Para solucionar este caos, el gobierno ha prometido un plan de ajuste llamado «Ley de Rescate», que suena tan heroico como improbable. La idea es recortar el gasto en 2,2 puntos del PIB, lo que en política equivale a prometer que se va a empezar la dieta el lunes después de un fin de semana de comilona. El problema es que esta ley mágica todavía tiene que ser aprobada por el Congreso, y todos sabemos que eso es más incierto que el pronóstico del tiempo.

Así que, mientras el gobierno muestra sus números rojos con orgullo, los mercados contienen la respiración. El presupuesto reveló el tamaño del agujero en la pared; ahora falta ver si lo van a tapar con cemento sólido o con promesas de campaña. Por ahora, la única certeza es que las finanzas colombianas van a necesitar algo más que un curita para sanar.

Las EPS de Colombia deben hasta la risa y sus finanzas son un misterio que ni el FBI resolvería

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El sistema de salud de Colombia acaba de revelar que tiene un hueco financiero tan grande que podría tragarse un par de planetas pequeños. Según la Contraloría, las EPS cerraron el 2025 con una deuda de 58 billones de pesos con hospitales y farmacéuticas, un 26,5% más que el año anterior. Esto no es solo un roto en el bolsillo, es un cráter de meteorito que deja en claro que las finanzas del sistema de salud son un chiste de mal gusto.

Para que se hagan una idea del desastre, de las 28 EPS que estaban operando, solo cuatro, sí, CUATRO, cumplieron con todas las reglas financieras. El chiste se cuenta solo cuando te enteras de que estas cuatro juntas representan menos del 2% de los afiliados al sistema. Es como presumir de tener cuatro pelos sanos en una cabeza completamente calva; el resto del panorama es un desierto desolador.

La razón de este apocalipsis financiero es tan simple como absurda: las EPS gastaron más de lo que recibieron. Por cada 100 pesos que les entraron, se gastaron 110, una estrategia de negocios tan brillante como intentar apagar un incendio con gasolina. Diecisiete de las 26 empresas que mostraron sus números terminaron el año con pérdidas, demostrando una habilidad para desaparecer dinero que ya la quisieran los magos de Las Vegas.

Pero el verdadero circo está en la contabilidad de la Nueva EPS, la joya de la corona estatal. Esta entidad, con 11,6 millones de afiliados, no entrega informes financieros desde marzo de 2024. Su excusa es que no han podido cerrar sus cuentas desde diciembre de 2023, lo que en lenguaje mortal significa que no tienen ni la más remota idea de dónde está el dinero. Para colmo, tienen 17 billones de pesos recibidos como anticipos que no han podido justificar, un eufemismo para «se nos perdió un poquito de vuelto».

Como si fuera poco, la deuda con los proveedores de medicamentos se disparó un 33%, lo que amenaza con dejar las farmacias más vacías que una promesa de político. La «solución» del gobierno ha sido intervenir algunas de estas empresas, logrando el asombroso resultado de que empeoren sus números. Las EPS intervenidas gastan 117,8 pesos por cada 100 que reciben, probando que no hay nada tan malo que el gobierno no pueda empeorar.

En resumen, el sistema de salud colombiano es un barco que se hunde con el capitán gritando que todo está bajo control, mientras usa los billetes para tapar las goteras. Con deudas que crecen como la mala hierba y una contabilidad más creativa que un guion de Hollywood, la única pregunta que queda es quién será el último en apagar la luz.

La bolsa de valores está de fiesta, pero septiembre ya viene a aguarla como suegra enojada

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El índice S&P 500 anda más feliz que un perro con dos colas, celebrando una temporada de ganancias que ni en sus sueños más húmedos se imaginaba. Los genios de Wall Street andan subiendo sus predicciones como si estuvieran inflando globos para el carnaval, gritando a los cuatro vientos que «el ambiente es inmejorable». Claro, es el mismo ambiente que se siente en una fiesta justo antes de que llegue la policía por quejas de los vecinos.

Pero como en toda buena parranda, siempre hay aguafiestas que empiezan a ver nubarrones. Resulta que septiembre es históricamente el primo incómodo del calendario bursátil, un mes con una media de pérdidas del 0,8%. Para colmo, las acciones de inteligencia artificial, que eran el alma de la fiesta, ya muestran una resaca monumental. El grupito de los fabricantes de chips, por ejemplo, sigue tirado en un rincón, un 22% por debajo de su mejor momento.

Ante este panorama, los expertos como Jason Hunter de JPMorgan aconsejan no salir corriendo en calzones y gritando «¡sálvese quien pueda!». Su brillante estrategia es, básicamente, vigilar la fiesta desde la puerta con el abrigo puesto. Recomienda seguir las tendencias usando tácticas para limitar las pérdidas, lo que en español de a pie significa: no apuestes la casa, pero tampoco te vayas antes de que saquen los postres. Es un plan tan valiente como pedir agua en una cantina.

Para echarle más leña al fuego, los indicadores de confianza sugieren que los inversores andan con un «optimismo excesivo». Es el tipo de confianza que tiene alguien después de tres tequilas, creyendo que puede arreglar el mundo o, peor aún, que entiende de finanzas. Con las elecciones de noviembre a la vuelta de la esquina, el ambiente se pone más tenso que una cuerda de guitarra, y todo apunta a que la volatilidad será el platillo principal.

Algunos listillos sugieren refugiarse en el índice S&P 500 de ponderación equitativa, que es como el hermano sensato y aburrido del S&P 500. Este índice ignora a las megaempresas y anda rozando su máximo histórico. El problema es que la historia demuestra que, en años de elecciones, a este índice también le gusta darse un chapuzón de al menos un 7% entre agosto y octubre. Una apuesta más segura, decían.

Al final del día, la cruda realidad es que el mercado no ha hecho absolutamente nada en dos meses, según el técnico Jonathan Krinsky. El dinero simplemente se mueve de un lado a otro, como en un juego de sillas musicales donde todos sospechan que la música está a punto de parar. Así que, mientras los optimistas siguen bailando, los cínicos ya estamos buscando la salida de emergencia más cercana.