El gobierno de Colombia acaba de hacer un acto de sinceridad brutal, abriendo sus libros de contabilidad para que todo Wall Street viera el desastre. La conclusión fue la misma que cuando revisas tu estado de cuenta después de las vacaciones: un susto de muerte. El nuevo presupuesto reveló que el déficit fiscal llegará a un alarmante 7,2% del PIB en 2026 y se disparará a un récord de 9,4% en 2027. Los inversionistas pasaron de la sorpresa al pánico en menos tiempo de lo que se tarda en gastar el aguinaldo.
La razón de este agujero negro fiscal no es tanto que se hayan puesto a gastar como marineros borrachos, sino que finalmente sacaron todos los trapitos sucios al sol. Resulta que había un montón de deudas y obligaciones escondidas debajo de la alfombra, como subsidios a la gasolina, pensiones sin fondos y cuentas de salud que nadie quería pagar. A esto hay que sumarle los gastos para la reconstrucción después del terremoto, porque claro, al mal tiempo, una pila de facturas.
Los bancos de inversión, como si fueran psicólogos financieros, aplaudieron el gesto de honestidad. JPMorgan dijo que era «un paso adelante significativo» admitir el desastre en lugar de ocultarlo, lo que suena a un «qué bien que reconoces tu problema de adicción a las deudas». Sin embargo, la palmada en la espalda vino acompañada de una pregunta incómoda: «Y bueno, ¿cómo piensas pagar todo esto?». La deuda neta saltará del 59,7% al 66,2% del PIB, una cifra que asusta hasta al más valiente.
Ahora viene la parte divertida: el gobierno necesita conseguir la módica suma de 266 billones de pesos, que son unos 83.000 millones de dólares. Una cantidad de dinero tan absurda que probablemente ni exista en billetes. Los analistas se rascan la cabeza pensando de dónde saldrá semejante dineral, si de bonos, préstamos de organismos multilaterales o si simplemente le pedirán un adelanto a algún pariente millonario.
Para solucionar este caos, el gobierno ha prometido un plan de ajuste llamado «Ley de Rescate», que suena tan heroico como improbable. La idea es recortar el gasto en 2,2 puntos del PIB, lo que en política equivale a prometer que se va a empezar la dieta el lunes después de un fin de semana de comilona. El problema es que esta ley mágica todavía tiene que ser aprobada por el Congreso, y todos sabemos que eso es más incierto que el pronóstico del tiempo.
Así que, mientras el gobierno muestra sus números rojos con orgullo, los mercados contienen la respiración. El presupuesto reveló el tamaño del agujero en la pared; ahora falta ver si lo van a tapar con cemento sólido o con promesas de campaña. Por ahora, la única certeza es que las finanzas colombianas van a necesitar algo más que un curita para sanar.





