En un anuncio que sonó más a guion de película de ciencia ficción, Estados Unidos y Venezuela proclamaron un acuerdo petrolero histórico que haría salivar a cualquier magnate. Sin embargo, los aguafiestas del banco UBS han sacado la lupa de detective y han declarado que el pacto tiene más agujeros que un colador. Al parecer, todo el mundo está hablando del fiestón, pero nadie ha visto las invitaciones oficiales, porque ni decretos ni contratos han aparecido por ningún lado.
Una de las primeras banderas rojas, según UBS, es si Delcy Rodríguez, como presidenta interina, tiene el poder para hipotecar el futuro petrolero del país por los próximos 25 años. Es como si el encargado de la tienda de la esquina intentara vender todo el edificio con un contrato de palabra, sin preguntarle al dueño ni a la junta de vecinos. La Constitución venezolana, además, dice que el petróleo es del pueblo, una menudencia legal que parece habérseles olvidado en la emoción del momento.
Pero las dudas no solo llueven en Caracas, sino también en Washington. Un proyecto de miles de millones de dólares probablemente necesite la bendición del Congreso, y ya sabemos que ponerlos de acuerdo es más difícil que armar un mueble de Ikea sin instrucciones. Y si lo hacen por la puerta de atrás, el próximo presidente podría usar el contrato para limpiarse los zapatos y tirarlo a la basura en su primer día en la oficina.
El pequeño detalle del dinero también es un problema. Se habla de más de 100.000 millones de dólares en inversión, una cifra que suena muy bien hasta que preguntas quién va a poner la lana. UBS sugiere que las grandes petroleras estadounidenses tendrían que participar, pero estas empresas tienen la memoria de un elefante. Recordemos que ExxonMobil y ConocoPhillips todavía están esperando que les paguen por la última vez que confiaron en la palabra de un político venezolano.
La meta de producir 1,5 millones de barriles diarios también suena a promesa de Año Nuevo. UBS señala, con una paciencia de santo, que después de la salida de Nicolás Maduro, la producción a duras penas subió entre 100.000 y 200.000 barriles. Prometer semejante aumento es como si alguien que apenas sube las escaleras sin ahogarse prometiera escalar el Everest el mes que viene.
En resumen, el acuerdo es una bonita declaración de intenciones, como la promesa de empezar la dieta el lunes. UBS concluye que sin un marco legal más sólido que un ladrillo, es poco probable que llegue el dinero o que aumente la producción de petróleo. Todos sabemos cómo termina eso: con más dudas que resultados y una visita nocturna al refrigerador en busca de consuelo.





