En el Congreso Mundial de Turismo Deportivo en Ciudad de México, Matías Patanian, exvicepresidente de River Plate, y el legendario David Trezeguet, llegaron a predicar el evangelio de la monetización. Su misión: explicar cómo transformar el sagrado estadio Monumental en una máquina de hacer dinero que, casualmente, también alberga partidos de fútbol.
Patanian, con el entusiasmo de un vendedor de enciclopedias, reveló que su plan maestro es que el estadio sea una “plataforma de experiencias” los 365 días del año. Aprovechando la pandemia para hundir el césped y añadir tribunas, convirtieron el lugar en una atracción turística por sí misma. La meta no es solo ganar partidos, sino organizar shows, eventos corporativos y básicamente cualquier cosa que deje una ganancia antes de que la pelota empiece a rodar. El Monumental, futura sede del Mundial 2030, se prepara para ser un parque temático futbolero donde el deporte es solo una de las atracciones, como el carrusel o los churros.
Mientras tanto, David Trezeguet, el campeón del 98, jugaba su papel de embajador sonriente. Con la calma de quien ya lo ganó todo, recordó que el Mundial 2030 no solo será en España, Portugal y Marruecos, sino que también tendrá un aperitivo en Uruguay, Argentina y Paraguay. Él lo ve como un hincha, una “fiesta” que une culturas. Una perspectiva poética que sirve como el acompañamiento perfecto para el discurso de su colega sobre la optimización de flujos de ingreso y la búsqueda de patrocinadores.
En resumen, la nueva filosofía es que la “pasión” latinoamericana es un producto premium listo para ser exportado. Quieren que cada visitante se vaya con una “vibración positiva” y la billetera considerablemente más ligera. Porque al final del día, el amor verdadero al club se demuestra con la tarjeta de crédito.





