El índice S&P 500 anda más feliz que un perro con dos colas, celebrando una temporada de ganancias que ni en sus sueños más húmedos se imaginaba. Los genios de Wall Street andan subiendo sus predicciones como si estuvieran inflando globos para el carnaval, gritando a los cuatro vientos que «el ambiente es inmejorable». Claro, es el mismo ambiente que se siente en una fiesta justo antes de que llegue la policía por quejas de los vecinos.
Pero como en toda buena parranda, siempre hay aguafiestas que empiezan a ver nubarrones. Resulta que septiembre es históricamente el primo incómodo del calendario bursátil, un mes con una media de pérdidas del 0,8%. Para colmo, las acciones de inteligencia artificial, que eran el alma de la fiesta, ya muestran una resaca monumental. El grupito de los fabricantes de chips, por ejemplo, sigue tirado en un rincón, un 22% por debajo de su mejor momento.
Ante este panorama, los expertos como Jason Hunter de JPMorgan aconsejan no salir corriendo en calzones y gritando «¡sálvese quien pueda!». Su brillante estrategia es, básicamente, vigilar la fiesta desde la puerta con el abrigo puesto. Recomienda seguir las tendencias usando tácticas para limitar las pérdidas, lo que en español de a pie significa: no apuestes la casa, pero tampoco te vayas antes de que saquen los postres. Es un plan tan valiente como pedir agua en una cantina.
Para echarle más leña al fuego, los indicadores de confianza sugieren que los inversores andan con un «optimismo excesivo». Es el tipo de confianza que tiene alguien después de tres tequilas, creyendo que puede arreglar el mundo o, peor aún, que entiende de finanzas. Con las elecciones de noviembre a la vuelta de la esquina, el ambiente se pone más tenso que una cuerda de guitarra, y todo apunta a que la volatilidad será el platillo principal.
Algunos listillos sugieren refugiarse en el índice S&P 500 de ponderación equitativa, que es como el hermano sensato y aburrido del S&P 500. Este índice ignora a las megaempresas y anda rozando su máximo histórico. El problema es que la historia demuestra que, en años de elecciones, a este índice también le gusta darse un chapuzón de al menos un 7% entre agosto y octubre. Una apuesta más segura, decían.
Al final del día, la cruda realidad es que el mercado no ha hecho absolutamente nada en dos meses, según el técnico Jonathan Krinsky. El dinero simplemente se mueve de un lado a otro, como en un juego de sillas musicales donde todos sospechan que la música está a punto de parar. Así que, mientras los optimistas siguen bailando, los cínicos ya estamos buscando la salida de emergencia más cercana.





