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La bolsa mundial se pone más feliz que perro con dos colas por un chisme de la Fed

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Parece que los mercados mundiales se tomaron unos tragos de más y se despertaron con un optimismo que ni el más entusiasta vendedor de autos usados. La razón de esta fiesta bursátil es que un mandamás de la Reserva Federal, Christopher Waller, básicamente insinuó que podrían dejar de apretar las tuercas con las tasas de interés. Los inversionistas, que viven con los nervios de punta, escucharon esto y corrieron a comprar acciones como si fueran el último rollo de papel higiénico en una pandemia.

Mientras tanto, el dólar, que se paseaba con la arrogancia de un campeón de peso pesado, tropezó y cayó a su nivel más bajo en cuatro meses, quedando más humillado que político en debate. En la otra esquina, el yen japonés, que parecía estar en modo siesta, despertó de un brinco y le dio una cachetada al billete verde, fortaleciéndose como Popeye después de comer espinacas. Aunque después se hizo el desentendido y retrocedió un poquito, como diciendo «yo no fui», cotizando alrededor de los 156.28 por dólar.

El discurso de Waller fue como música para los oídos de Wall Street, que venía de una semana más tensa que cuerda de violín. La probabilidad de que la Fed subiera las tasas en septiembre se desplomó del 70% a un más manejable 50%, lo que para un apostador es pasar de «casi seguro» a «lanza una moneda». Todo porque el buen Christopher dijo que si la inflación se sigue portando bien y deja de subir como la espuma, él votaría por dejar las cosas en paz.

Por si fuera poco el alboroto, el petróleo Brent también quiso ser protagonista y subió su precio hasta casi los 95.65 dólares por barril, preparándose para darle otro sablazo a nuestra cartera. Al parecer, las tensiones en el Medio Oriente tienen a todos preocupados de que el grifo del crudo se cierre de golpe. Y cómo no, el bitcóin, esa moneda que nadie entiende pero todos comentan, se asomó por la fiesta cotizando cerca de los 81,000 dólares, solo para recordarnos que el mundo ya es bastante raro.

Ahora todos están esperando el informe de empleos del viernes como si fuera el capítulo final de una telenovela, para ver si la Fed se anima o se arrepiente. Un estratega del Amundi Investment Institute, con la seriedad de un director de funeraria, advirtió que hay más riesgos de que todo se vaya al traste que de que nos hagamos ricos de la noche a la mañana. En resumen: el mercado está celebrando hoy, pero tiene la maleta hecha junto a la puerta, por si mañana hay que salir corriendo.

¡Milagro! La tasa de usura baja un poquito, ahora el banco solo te cobrará un ojo de la cara

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¡Atención, almas endeudadas de la patria! La Superintendencia Financiera, en un acto de piedad que no se veía desde que a alguien se le ocurrió fiar en la tienda del barrio, ha decidido bajar la tasa de usura. Saquen el confeti y las serpentinas, pero solo un poquito, no vaya a ser que se gasten el dinero que ahora se ahorrarán. Para el mes de septiembre, el garrotazo máximo que podrán darles los bancos con sus tarjetas de crédito será del 29,24% efectivo anual.

El espectacular descenso, digno de un titular de prensa amarillista, fue de unos alucinantes 28 puntos básicos. Para que nos entendamos los que no hablamos el idioma de los banqueros, es como si el león que te va a comer decidiera primero afilarse un poquito menos las garras. El Interés Bancario Corriente pasó de un doloroso 19,77% a un ligeramente menos doloroso 19,49%. Un alivio tan grande como quitarle un grano de arena a un camión lleno.

Pero no canten victoria ni salgan a quemar sus extractos bancarios todavía. La Superfinanciera, con su sabiduría de oráculo antiguo, aclara que este 29,24% es el techo, el «hasta aquí llegaste, banquero codicioso». Esto no significa que su banco, ese amigo del alma que lo llama hasta los domingos, vaya a bajarle la tasa automáticamente. Es más probable que le suban la cuota de manejo como compensación.

Y para que vean lo generoso que es el sistema, hay categorías peores. Si usted cayó en la trampa de un «crédito de consumo de bajo monto», prepárese para la risa nerviosa. Para esa modalidad, el interés corriente es del 44,58% y la tasa de usura llega al estratosférico 66,87%. A ese nivel ya no es usura, es una relación tóxica donde el banco se queda con tu sueldo, tu casa y hasta con el perro.

Así que la recomendación de sus expertos en finanzas de pacotilla es la siguiente: revise su extracto bancario con una lupa y un antidepresivo a la mano. Compare la tasa que le están cobrando con el nuevo límite legal del 29,24%. Si su banco se está pasando de listo, al menos ahora podrá quejarse con un papel oficial en la mano, lo cual sirve para… bueno, para quejarse. ¡Buena suerte pagando

El gobierno amaga con un impuesto a la cerveza, pero le da pánico escénico

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En un giro de trama más predecible que el final de una telenovela, los cerebros de la Cámara de Diputados lanzaron una idea revolucionaria: meterle un impuesto extra a la cerveza y a las sopas instantáneas. Justo cuando millones de mexicanos se preparaban para ahogar sus penas y su hambre en un solo acto de rebeldía, los mismos políticos que soltaron la bomba dieron un paso atrás con la agilidad de un bailarín de cha-cha-chá, fingiendo que todo fue un malentendido.

La propia presidenta Claudia Sheinbaum, al ser cuestionada, esquivó el tema como si fuera una invitación a una tanda y luego soltó un triple «no, no, no» que sonó más a conjuro para alejar malos espíritus que a una declaración oficial. Por su parte, el líder de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, se puso su mejor cara de póquer y aseguró que «no hay hasta el momento alguna iniciativa», mientras se declaraba un hombre «cauto y prudente», probablemente para evitar que una turba sedienta lo esperara afuera del Congreso.

La cruda realidad es que las arcas del gobierno tienen más telarañas que la cartera de un estudiante en fin de quincena. Los ingresos tributarios no crecen y la recaudación del Impuesto Sobre la Renta (ISR) se desplomó un 6%, su peor caída desde la crisis de 2009. Ante este panorama desolador, a alguien se le ocurrió la brillante idea de ir por el único pilar que sostiene el ánimo nacional: la cerveza y los placeres culposos con exceso de sodio.

La propuesta fantasma, que ahora todos niegan, era bastante específica. Se hablaba de aumentar entre 60 centavos y un peso el precio de cada cerveza, un «esfuerzo moderado» que mágicamente les haría aparecer 6,500 millones de pesos. La lógica es aplastante: si la cerveza representa el 94% del mercado de bebidas alcohólicas, es como dispararle a un elefante en un pasillo. Imposible fallar.

Pero la cosa no paraba ahí. En su cruzada por nuestra salud y sus bolsillos, también querían tasar las sopas instantáneas, aderezos y salsas, con lo que esperaban recaudar otros 12,000 millones de pesos. Todo esto mientras las industrias de vinos y licores aprovechan el caos para pedir que el impuesto se cobre según la cantidad de alcohol, una jugada maestra para fastidiar a los gigantes cerveceros.

Así que, por ahora, tu cerveza y tu sopa de vaso están a salvo, pero la idea quedó flotando en el aire como una amenaza latente. Los políticos aseguran que esperarán la propuesta oficial de Hacienda, lo que en su idioma significa que volverán a intentarlo cuando estemos distraídos viendo el fútbol. Mientras tanto, salud… mientras nos dejen.

¡Abran paso! Las monedas emergentes llevan diez semanas de fiesta como si no hubiera un mañana

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Imagínese una fiesta que lleva diez semanas seguidas sin que nadie llame a la policía. Pues algo así está pasando con las monedas de los mercados emergentes, que acumulan su racha de ganancias más larga desde 2007. Estos actores de reparto de la economía mundial están viviendo su momento de gloria, todo porque corre el chisme de que el mandamás de la Reserva Federal de Estados Unidos podría no subir las tasas de interés este mes, y el apetito por el riesgo se ha disparado como adolescente con tarjeta de crédito nueva.

El alboroto se debe a que la probabilidad de que la Fed suba las tasas bajó de un alarmante 70% a un más relajado 50%. Es el equivalente financiero a que tu suegra cancele su visita de fin de semana. Para echar más leña al fuego, uno de los jefes de la Fed, Christopher J. Waller, salió a decir que si la inflación se porta bien, él apoyaría dejar las cosas como están. Los mercados escucharon eso y descorcharon el champán barato inmediatamente.

En esta bacanal económica, las divisas asiáticas son las que más están gozando. El dólar taiwanés, el won surcoreano y el baht tailandés lideran la pachanga, bailando sobre la tumba de un dólar estadounidense cada vez más debilitado. Mientras tanto, otras estrategias que antes eran la sensación, como el famoso *carry trade*, empiezan a mostrar la misma cara de resaca que uno después de la cena de Navidad de la oficina.

Pero que nadie se confíe, porque esta fiesta se sostiene con pinzas. Todo el mundo está de reojo esperando los datos de inflación de Estados Unidos y la decisión final de la Reserva Federal el 16 de septiembre. Estos numeritos son como los padres que están a punto de llegar a casa: podrían unirse a la fiesta o podrían cortar la música, apagar las luces y mandar a todos a dormir con un castigo ejemplar.

De hecho, la publicación de los datos de empleo en Estados Unidos fue descrita como la «prueba de fuego». Un solo dato robusto podría revivir las ganas de la Fed de apretar las tuercas, y este repunte de los mercados emergentes se desvanecería más rápido que una promesa de político. Es un equilibrio tan delicado como intentar armar un mueble de paquete con el manual de instrucciones en sueco.

El mercado laboral gringo está más fuerte que vinagre y a Wall Street casi le da el patatús

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¡Agárrense la cartera! Resulta que en Estados Unidos se pusieron a crear empleos como si no hubiera un mañana, y en lugar de descorchar la champaña, a los genios de Wall Street les entró un sudor frío digno de quien ve el fantasma de su ex. La economía gringa, más robusta que cena de Navidad, básicamente le gritó a la Reserva Federal que ya es hora de subir las tasas de interés, mandando a todos los inversionistas a correr en círculos como pollos sin cabeza.

El chisme es que se crearon 162.000 nuevos puestos de trabajo, una cifra que dejó a los analistas con la boca abierta y sus predicciones en el bote de la basura. Esta explosión laboral, con gente contratada desde en puestos de gobierno hasta en la construcción de centros de datos, es la clase de «buenas noticias» que en el mundo de las finanzas se traduce como «se acabó la fiesta, guarden los adornos». Ahora, las probabilidades de que la Fed apriete las tuercas este mes son más altas que las cuentas de luz en verano.

Como en todo drama que se respete, hubo víctimas. El dólar se puso más musculoso que nunca, causando estragos en las monedas de América Latina, que ahora lo miran con el mismo miedo que uno le tiene a la tarjeta de crédito después de las vacaciones. Mientras tanto, el oro, ese metal precioso que se supone es un refugio seguro, fue arrojado por un barranco, cayendo un 1.90% hasta los US$4.388. Parece que en tiempos de pánico, ni el oro se salva de la quema.

Por si el circo financiero no fuera suficiente, en el otro lado del mundo, el pleito entre Estados Unidos e Irán sigue más caliente que comal de antojitos, manteniendo el precio del petróleo por las nubes. El barril de Brent coquetea con los 95 dólares, porque nada le añade más emoción al mercado que una buena dosis de riesgo geopolítico. Es el equivalente a echarle gasolina al fuego, pero en este caso, la gasolina es literal y carísima.

Para cerrar con broche de oro este festival del absurdo, el gigante automotriz Volkswagen anunció su plan maestro para el futuro. ¿En qué consiste? Pues en despedir a unos 50.000 empleados adicionales, mientras al mismo tiempo se gastan la friolera de 135.000 millones de euros en inversiones y desarrollo. Una lógica empresarial impecable: echar a la calle a miles para poder comprarse los juguetes más nuevos y caros del mercado.

BlackRock nos avisa que la economía se puso más rara que político honesto

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Los mandamases de BlackRock, esos señores que mueven más dinero que todos los capítulos de la telenovela de la familia real juntos, han decidido bajarse de su Olimpo financiero para darnos una paliza de realidad. Según ellos, el año 2026 confirmó que la fiesta económica se acabó y ahora estamos todos con una resaca monumental. Han resumido el apocalipsis en tres lecciones para que los simples mortales entendamos por qué nuestro dinero vale menos que un billete del Monopoly.

Primero, las tasas de interés andan más altas que cometa en ventolera y, al parecer, se van a quedar ahí arriba como mal chiste. Olvídense de esa época dorada donde los bonos del gobierno eran más seguros que el amor de una madre; ahora son más impredecibles que el clima en primavera. Más del 80% de los bonos globales ofrecen rendimientos superiores al 4%, lo que suena genial hasta que te das cuenta de que el riesgo es como invitar a tu suegra a vivir contigo: puede salir bien, pero lo más probable es que no.

Luego está el numerito de la inteligencia artificial, que es la nueva fiebre del oro del siglo veintiuno. BlackRock nos dice que dejemos de apostar por el modelo de IA más popular del momento y nos fijemos en los que venden los picos y las palas: la energía, los chips y la infraestructura. Mientras todos se pelean por crear el robot más listo, los verdaderos genios se están forrando vendiendo los ladrillos para construirlo. Hasta las grandes empresas de la nube andan pidiendo prestado como si no hubiera un mañana.

Finalmente, está el pequeño detalle de que el mundo está a punto de explotar, pero a los mercados les importa un comino. Es como si hubiera una pelea de pandillas en la puerta de una discoteca, pero adentro todos siguen bailando como si nada. Las tensiones en Oriente Medio siguen calientes y los pleitos comerciales aparecen por todos lados, pero la bolsa actúa como un adolescente que cree que es inmortal. BlackRock advierte que esa resistencia tiene fecha de caducidad.

En resumen, la recomendación de estos titanes es ser más selectivo que un niño con un plato de verduras. Aconsejan apostar por las acciones de Estados Unidos, buscar empresas dueñas de cosas que escasean y, básicamente, cruzar los dedos. Mientras ellos reacomodan sus billones, el resto de nosotros seguiremos intentando descifrar por qué el kilo de limones cuesta lo que costaba un coche hace treinta años.

Milei amenaza con la furia de los mil demonios y a una petrolera solo le da un tironcito en la acción

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En un arranque de patriotismo que haría temblar a un león de zoológico, el presidente Javier Milei decidió desempolvar el manual del bravucón y anunciar que se pondrá más rudo que patada de mula con las empresas que andan sacando petróleo en las Malvinas. La respuesta del mercado fue un bostezo financiero: las acciones de Rockhopper Exploration, una de las implicadas, tuvieron un tropezón del 6,5%, más o menos el mismo drama que cuando se te cae el pan con mantequilla del lado equivocado.

El plan maestro del mandatario incluye firmar un decreto para que la Ley 26.659, que ya existía, deje de juntar polvo y empiece a morder tobillos. Pero la cosa no termina ahí, porque ahora la lista negra se extiende a “accionistas, directores y proveedores”, básicamente hasta el que les vende el café con leche. En resumen: si le vendes un tornillo a estas empresas, olvídate de volver a contratar hasta con el quiosco de la esquina en Argentina.

Mientras en la Casa Rosada sonaban tambores de guerra, en Londres los directivos de Rockhopper y su socia Navitas Petroleum probablemente se estaban sirviendo otra taza de té. Publicaron un comunicado con la misma emoción que un manual de licuadora, aclarando que ellos operan con permisos del gobierno de las islas y con el visto bueno del gobierno británico. Para rematar, le avisaron a sus inversores que no esperaban un “efecto material”, que en idioma corporativo significa: “Nos importa tres pepinos”.

Aquí viene la parte más graciosa del chiste: ¡estas empresas ya estaban sancionadas desde hace años! Rockhopper recibió su castigo en 2013 y Navitas en 2022, con inhabilitaciones de 20 años que, por lo visto, les han afectado tanto como una multa de tránsito en otro continente. Así que este nuevo anuncio es como amenazar a alguien que ya tienes bloqueado en todas las redes sociales con que ahora lo vas a bloquear “más fuerte”.

A pesar del berrinche presidencial, el proyecto «Sea Lion» sigue su curso como si nada, con planes de sacar el primer chorro de petróleo para el primer semestre de 2028. Mientras tanto, los analistas se rascan la cabeza intentando descifrar qué significa sancionar a un “proveedor”, preguntándose si eso incluye al repartidor de comida que les lleva el almuerzo. Parece que la soberanía se defiende con decretos furiosos y comunicados de prensa, una batalla épica librada enteramente en papel.

El oro sufre una crisis de nervios porque la economía gringa se puso más musculosa de lo esperado

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Al pobre oro, ese metal precioso que se creía el rey de la fiesta, le dio un patatús de antología. Resulta que se desplomó hasta un 2% porque en Estados Unidos, contra todo pronóstico, la gente consiguió trabajo como si lo estuvieran regalando con los cereales. Esta repentina fiebre laboral hizo que los inversionistas pensaran que a la Reserva Federal le va a dar por subir las tasas de interés, y el oro entró en pánico como adolescente sin datos en el celular.

La bomba la soltó la Oficina de Estadísticas Laborales: se crearon 162.000 nuevos empleos en agosto, una cifra que dejó a los analistas con la boca más abierta que arquero en un penal. Con una tasa de desempleo quietecita en un 4,1%, el mercado laboral estadounidense demostró estar más fuerte que el café de la abuela. Esto, por supuesto, es la peor pesadilla para el oro, que prefiere las economías débiles y el caos generalizado para poder brillar.

Como en el patio del colegio, en cuanto el dólar se puso guapo y fuerte, todos le hicieron el vacío al oro. Los operadores, que no tienen un pelo de tontos, aumentaron sus apuestas a que la Reserva Federal subirá las tasas de interés, con una probabilidad que ya roza el 60%. Un dólar más forzudo y unos costos de endeudamiento más altos son como la criptonita para el dorado metal, que no ofrece rendimientos y solo sirve para verse bonito.

Lo más cómico de este drama financiero es que apenas un día antes, el oro andaba pavoneándose como si hubiera ganado la lotería. ¿La razón? Un mandamás de la Fed, Christopher Waller, había insinuado que quizás mantendrían las tasas quietas. El oro se lo creyó todo, demostrando tener la estabilidad emocional de un personaje de telenovela en su capítulo final, pasando de la euforia a la depresión en menos de 24 horas.

Y como las desgracias nunca vienen solas, el oro no se fue al pozo solito. Se llevó de la mano a sus compadres, los otros metales, que también vieron su valor encogerse. La plata se deslizó un 2,5%, mientras que el platino y el paladio también se unieron a la lloradera colectiva. Hasta el cobre, que suele ir más a su aire, registró un modesto descenso, confirmando que la fiesta había terminado para todos.

En resumen, mientras la gente normal celebraba tener un sueldo, el oro se comportó como esa tía dramática a la que todo le parece mal. Así es el circo de las finanzas: un día eres el metal más codiciado del planeta y al siguiente, vales menos que una promesa de político en campaña. El mercado, ese lugar donde la lógica se toma vacaciones permanentes.

Consumidores mexicanos andan optimistas, pero solo para lo que pasa de su puerta para adentro

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Saquen el confeti y las serpentinas, porque al parecer, el consumidor mexicano ha decidido que las cosas no están tan del nabo, al menos por tercer mes consecutivo. Según los magos de los números del Inegi y el Banco de México, la confianza del respetable público creció un puntito en agosto. Es una celebración tan monumental como encontrar un billete en un pantalón viejo, demostrando que la felicidad, a veces, viene en dosis homeopáticas.

El famoso Indicador de Confianza del Consumidor se plantó en 46.1 puntos. Para que se den una idea, es como si en un examen sobre 50 sacaras un 46: no es para presumir en la cena familiar, pero al menos no reprobaste de forma vergonzosa. Lo más cómico del asunto es que, si lo comparamos con el año pasado, el resultado es… un glorioso empate. Así es, después de doce meses de sudor y lágrimas, estamos exactamente en el mismo lugar. ¡Un aplauso para la estabilidad!

Este repentino ataque de optimismo, que puso fin a diecinueve meses de deterioro, tiene sus razones. La inflación ha decidido tomarse un respiro y la economía en general hizo como que se recuperaba. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, pues el mercado laboral sigue más flojo que un tornillo de mueble barato, impidiendo que la fiesta se descontrole por completo y la gente salga a la calle a regalar dinero.

Aquí viene la mejor parte del chiste, que demuestra la esquizofrenia económica nacional. La gente está encantada con su situación económica actual, con un aumento de 1.9 puntos en su optimismo personal. ¡Hasta se sienten con ganas de comprar muebles y electrodomésticos! Pero cuando se les pregunta por el futuro económico del país, la confianza apenas avanzó un microscópico 0.1 puntos, el equivalente anímico a un encogimiento de hombros.

Los analistas, esos aguafiestas profesionales, ya salieron a traducir este galimatías. Kapital Grupo Financiero señaló que la mejora se ve “en el presente, no en el futuro”, lo que significa que la gente ve su cartera un poco más gorda hoy, pero sigue desconfiando del mañana. Es decir, el mexicano promedio siente que por fin le alcanza para el aguacate, pero sospecha que el país entero se dirige a un barranco en cámara lenta.

En resumen, el consumidor mexicano es un ser fascinante que vive en una burbuja de optimismo personal. Se siente capaz de comprarse esa freidora de aire que tanto anhela, mientras mira por la ventana y se pregunta si no sería buena idea empezar a construir un búnker en el patio trasero. Una confianza que dura lo que un suspiro, pero oye, ¡qué bonito es soñar

El romance del Banco Europeo con las tasas altas duró menos que un bizcocho a la salida del colegio

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Parece que en el Banco Central Europeo (BCE) se arrepintieron a medio camino de hacerse los rudos. Después de sacar pecho y prometer mano dura contra la inflación, todo indica que su gran ciclo de subidas de tasas de interés va a ser el más corto en 15 años. Es como empezar una dieta con mucha furia el lunes para terminar el martes comiendo pizza porque la lechuga se veía muy triste.

La razón de este repentino ataque de cobardía es que se dieron cuenta de que la economía europea está más frágil que la autoestima de un adolescente. Aunque la inflación sigue alta y hay más tensiones en el mundo que en una cena familiar navideña, los genios de las finanzas prefieren no apretar mucho las tuercas. Temen que, si siguen subiendo las tasas, la economía se rompa en mil pedazos y luego no sepan cómo pegarla.

Un tal Carsten Brzeski, que de esto sabe un rato, lo dijo más claro que el agua: es difícil creer que el BCE quiera echarle más leña al fuego solo para quedar bien. Básicamente, sería como intentar apagar un incendio en la cocina tirándole un bidón de gasolina. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a provocar una recesión solo para combatir una crisis que, en el fondo, es un problema de oferta.

Mientras tanto, las cifras no mienten y son más tercas que una mula. La inflación en la eurozona se disparó al 3.3% anual, cuando el objetivo soñado del BCE es un modesto 2.0%. Es como apuntar al centro de la diana y darle al señor que vende los refrescos en la grada de al lado, un fallo garrafal que intentan disimular con una sonrisita nerviosa.

Así que el plan maestro, según el 91% de los economistas, es dejar la tasa en un 2.50% y no moverla hasta mediados del próximo año, como quien se esconde debajo de la cama hasta que pase el peligro. Es la estrategia del avestruz aplicada a las finanzas: si no lo miro, quizá el problema desaparezca solo. Ya veremos cómo les funciona ese truco de magia.