En una escena que parece sacada de una comedia de enredos diplomáticos, el mandamás del Kremlin, Vladímir Putin, recibió a dos enviados del universo Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, con una confesión digna de un grupo de apoyo: la situación en Ucrania está «difícil». Como si estuviera hablando del tráfico a la hora pico o de intentar pagar las cuentas a fin de mes, Putin admitió que el asunto se le ha complicado más que explicarle a la abuela cómo usar el celular. El encuentro, más que una cumbre de alto nivel, pareció una de esas visitas incómodas del primo lejano que viene a pedirte un favor.
Putin, en un arranque de generosidad que casi hace llorar a una estatua, elogió los intentos de Donald Trump por acabar con la guerra, mencionando una «nueva propuesta» que suena tan misteriosa como el final de una telenovela turca. Nadie sabe si la propuesta incluye construir un casino en Donetsk, un campo de golf en Crimea o simplemente declararse ganador en redes sociales. Para que los ilustres visitantes no se despeinaran con el sonido de las explosiones, Putin ordenó un cese al fuego de tres días en Kiev, una especie de «modo avión» para la guerra, justo a tiempo para la visita. Es el equivalente geopolítico a bajarle el volumen a la música para que los vecinos no se quejen.
Del otro lado del charco, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, respondió con un «si tú no atacas, yo tampoco», prometiendo no enviar drones a Moscú hasta el lunes. Un gesto de caballerosidad en medio del caos, como si dos tipos se pusieran de acuerdo para no pegarse en la cara durante una pelea de bar. Sin embargo, la tregua de fin de semana no engaña a nadie. El abismo entre las posturas es más grande que el ego de un artista de reguetón. Rusia quiere quedarse con el pastel entero y Ucrania no está dispuesta a ceder ni las migajas. El Kremlin insiste en que sus demandas, que incluyen quedarse con cuatro regiones y que Ucrania renuncie a la OTAN, son más inamovibles que una mancha de vino tinto en una camisa blanca.
Mientras tanto, en el frente, la cosa sigue más estancada que una conversación de ascensor. Los únicos que se mueven son los drones, que van y vienen como repartidores de comida a domicilio, causando escasez de gasolina y retrasos en los paquetes del Amazon ruso. Así que, mientras los líderes se toman un cafecito y hablan de sus planes para la paz, los ciudadanos de a pie solo se preguntan cuándo volverá a subir el precio de la gasolina y si su nueva freidora de aire llegará antes de la próxima glaciación. La reunión del Kremlin, al final, fue un recordatorio de que en la guerra moderna, a veces se hace una pausa, no por la paz, sino para recibir a las visitas con la casa en orden.





