Alemania del Este, en un ataque de nostalgia, amenaza con ponerle bigotito de Hitler a su perfil de Tinder

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Agárrense los pantalones, que la mitad oriental de Alemania está a punto de cometer una locura más grande que pedir una ensalada en una taquería. Resulta que los votantes de Alta Sajonia, en un berrinche histórico que ya dura casi 40 años, podrían entregarle el poder a un partido de ultraderecha. Según la encargada del gobierno para asuntos del Este, una tal Elisabeth Kaiser, todo se debe a que todavía tienen una cruda moral por la reunificación, como si se hubieran despertado casados con alguien que no soportan. Si los de Alternativa para Alemania (AfD) ganan, sería la primera vez desde que a Hitler se le acabó el bigote que un grupo de radicales gobierna una región. ¡Historia pura, pero de la que da vergüenza contarle a los nietos!

La señora Kaiser, que parece la psicóloga oficial de la reunificación, explica que la Alemania del Este sigue sintiéndose como el primo pobre al que solo invitan a las fiestas para que ayude a recoger. A pesar de que ahora tienen más patentes que un inventor loco y el desempleo ha bajado, la gente sigue resentida porque la herencia de la abuela se la quedó toda el hermano rico del Oeste. El Este ve el «cambio» como esa palabra que te dice tu pareja antes de dejarte por alguien más joven y con menos problemas existenciales. Para ellos, la reunificación fue como una de esas privatizaciones forzadas donde te quedas sin trabajo, sin casa y con una extraña afición por el vodka barato para olvidar.

Encima, en los noventa y los dos mil, todo el que pudo se largó de allí más rápido que un político de un debate sobre corrupción, dejando a los que se quedaron con la sensación de ser el último en ser elegido en el equipo de fútbol. Y ahí es donde entra la AfD, vendiendo un discurso revanchista más atractivo que una oferta de dos por uno en cervezas. Su gran idea es cerrar las fronteras, porque al parecer, aunque tienen menos inmigrantes que en un pueblo de la Antártida, le tienen un miedo irracional a lo desconocido. Kaiser explica que mientras en el Oeste los «trabajadores invitados» ayudaban a levantar el país, en el Este los pocos extranjeros que había estaban más aislados que un fan de la música clásica en un festival de reguetón.

Y claro, con este panorama, florece la «Ostalgie», esa nostalgia por el pasado comunista que hace que la gente recuerde la RDA con el filtro de Instagram «Felicidad Soviética». El líder de la AfD se pasea en una motocicleta de la época, la Simson, como si fuera el último rebelde sin causa del bloque del Este. La gente mayor asocia el comunismo con la «seguridad», olvidando convenientemente que esa seguridad se debía a que tenían a un agente de la Stasi viviendo en el armario, vigilando hasta cuántas veces iban al baño. Era como un Gran Hermano, pero con consecuencias mucho peores que ser nominado para expulsión.

Para rematar el disparate, la AfD quiere ser el mejor amigo de Rusia, a pesar de que Rusia es ese vecino que te roba el wifi y te poncha las llantas. Este sentimiento antiamericano y prorruso cala hondo en el Este. Kaiser advierte que dejar de enviarles dinero para nivelar la balanza sería como echarle gasolina a un pirómano con un mechero en la mano. Básicamente, el auge de este partido es el «sismógrafo» que avisa de un terremoto político. Así que, mientras el Este coquetea con su pasado más oscuro, el Oeste mira de reojo… no sea que la nostalgia se vuelva una pandemia más contagiosa que un bostezo en una reunión de lunes.

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