Cuando el planeta decide que ya aguantó demasiadas temporadas de tu serie favorita y apaga el congelador, pasan cosas. Para Pemba Chhring Tamang, de 57 años, el «ya estuvo bueno» del Himalaya llegó en forma de un berrinche monumental de hielo y piedras que rediseñó su pueblo al estilo de un niño con un castillo de arena. «Habíamos oído del cambio climático como un chisme de vecindad, pero nunca pensamos que nos tocaría la puerta con un ariete de hielo», comentó, mientras buscaba sus chanclas entre los escombros. Al parecer, la Madre Naturaleza decidió que ya era hora de cancelar la suscripción de Nepal al servicio «montañas estables».
La activista Tashi Lhazom, con una vena a punto de estallarle en la frente, resumió la situación con la frustración de quien paga el internet de toda la cuadra y es el único al que se le va la señal. «¿Qué le hicimos al universo para merecer esto? Somos como el vegano en un asado, no participamos en la carnicería pero igual nos salpica la grasa». Y es que Nepal emite menos gases de efecto invernadero que un comediante sin gracia, pero le tocó pagar los platos rotos de la fiesta industrial de otros. Es como si te cayera encima el techo del vecino de arriba porque se le ocurrió instalar una alberca olímpica en su sala.
Los científicos, esos aguafiestas con datos, confirman que esto es el efecto dominó pero con avalanchas, inundaciones y un final que no es para nada divertido. Según ellos, el derretimiento de los glaciares se ha duplicado, lo que básicamente significa que las montañas están sudando de nervios. Tenzing Chogyal Sherpa, un glaciólogo que ya está harto de explicar lo obvio, señaló a los países contaminantes como un niño chismoso en el recreo: «¡Señorita, fueron ellos! Tienen que asumir su responsabilidad y, de perdida, invitar los refrescos».
El gobierno nepalí, por su parte, ha pasado de su diplomático «namasté» a un más directo «¡oigan, hagan algo, carajo!» en la escena mundial. El ministro de Exteriores aclaró que no están pidiendo caridad, sino «justicia climática», que suena a que quieren que los países ricos paguen una pensión alimenticia por su hijo bastardo, el calentamiento global. Quieren sistemas de alerta, intercambio de información y, si no es mucho pedir, que alguien le ponga un alto al termostato del planeta antes de que el Everest se convierta en un tobogán acuático.
Mientras los políticos debaten si la ayuda es un acto de caridad o una compensación kármica obligatoria, la realidad es que lo que pasa en el Himalaya, no se queda en el Himalaya. Es una amenaza regional que se expande más rápido que un rumor en la oficina. En su campamento improvisado, a Pemba Chhring Tamang todo esto le importa un comino. «Nacimos aquí», reflexiona con la mirada perdida. «¿Y ahora qué? ¿Ponemos un negocio de raspados?».





