¡Atención, nostálgicos de los ochenta! Cuando pensaban que la telenovela de las Malvinas no podía tener más giros dramáticos, llega Javier Milei, con más ímpetu que un jubilado en el primer día de cobro, a poner orden en el patio trasero del Atlántico Sur. Resulta que el presidente, después de oler unos «vientos de cambio favorables» (que seguro no eran por la calidad del aire en Buenos Aires), decidió que ya era hora de investigar a 45 entidades que andan husmeando en busca de petróleo cerca de las islas, como si fueran el perro del vecino buscando un hueso en tu jardín.
El gobierno argentino, en un arrebato de autoridad digno de un padre que descubre a su hijo adolescente fumando a escondidas, anunció que va a empezar a repartir castigos. Y no solo a las empresas que están perforando donde no deben, sino también a sus accionistas y hasta al primo del repartidor de pizzas que les lleva el almuerzo. La lista de los acusados parece un chiste de bar: «entran un británico, un canadiense, un danés y un israelí a buscar petróleo…», pero al parecer, a nadie en la Casa Rosada le causa gracia. La amenaza es clara: o dejan de meter sus narices y sus taladros en la plataforma continental argentina, o se van a llevar un tirón de orejas burocrático que los dejará viendo estrellas.
Como era de esperarse, apenas se corrió la voz, tres de los pesos pesados del negocio, Schlumberger, Halliburton y Baker Hughes, salieron corriendo a lavarse las manos más rápido que Poncio Pilato. Emitieron comunicados diciendo: «Nosotros no fuimos, ni pensamos ir, esa fiesta no es nuestra». Básicamente, se desmarcaron del lío como si les hubieran ofrecido invertir en estampitas de próceres. Milei, sintiéndose el estratega del año, compartió la noticia en la red social X con las siglas «TMAP» (Todo marcha de acuerdo al plan), un gesto que se traduce como: «¡Miren, mi plan de gritarles funcionó!».
Toda esta nueva temporada del drama geopolítico parece haber sido inspirada por el mismísimo Donald Trump, quien recientemente declaró que «revisa todas las posturas» sobre el tema, una frase tan ambigua que podría significar desde que apoyará a Argentina hasta que declarará a las islas como el campo de golf oficial de la Casa Blanca. Mientras tanto, desde Londres, la respuesta fue la de un flemático mayordomo inglés: un bostezo y la reafirmación de que las islas son británicas porque a sus habitantes se les da la gana, y que su compromiso es «inquebrantable». En resumen, un nuevo capítulo de esta disputa territorial donde unos sacan pecho, otros corren a esconderse y el resto mira el espectáculo comiendo palomitas, esperando a ver quién parpadea primero.





