Parece que en el Banco Central Europeo (BCE) se arrepintieron a medio camino de hacerse los rudos. Después de sacar pecho y prometer mano dura contra la inflación, todo indica que su gran ciclo de subidas de tasas de interés va a ser el más corto en 15 años. Es como empezar una dieta con mucha furia el lunes para terminar el martes comiendo pizza porque la lechuga se veía muy triste.
La razón de este repentino ataque de cobardía es que se dieron cuenta de que la economía europea está más frágil que la autoestima de un adolescente. Aunque la inflación sigue alta y hay más tensiones en el mundo que en una cena familiar navideña, los genios de las finanzas prefieren no apretar mucho las tuercas. Temen que, si siguen subiendo las tasas, la economía se rompa en mil pedazos y luego no sepan cómo pegarla.
Un tal Carsten Brzeski, que de esto sabe un rato, lo dijo más claro que el agua: es difícil creer que el BCE quiera echarle más leña al fuego solo para quedar bien. Básicamente, sería como intentar apagar un incendio en la cocina tirándole un bidón de gasolina. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a provocar una recesión solo para combatir una crisis que, en el fondo, es un problema de oferta.
Mientras tanto, las cifras no mienten y son más tercas que una mula. La inflación en la eurozona se disparó al 3.3% anual, cuando el objetivo soñado del BCE es un modesto 2.0%. Es como apuntar al centro de la diana y darle al señor que vende los refrescos en la grada de al lado, un fallo garrafal que intentan disimular con una sonrisita nerviosa.
Así que el plan maestro, según el 91% de los economistas, es dejar la tasa en un 2.50% y no moverla hasta mediados del próximo año, como quien se esconde debajo de la cama hasta que pase el peligro. Es la estrategia del avestruz aplicada a las finanzas: si no lo miro, quizá el problema desaparezca solo. Ya veremos cómo les funciona ese truco de magia.





