Milei saca a pasear el fantasma de las Malvinas para que no le miren las encuestas

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Con la popularidad más baja que el precio de un calcetín usado y una aprobación que apenas le alcanza para ganar en una junta de vecinos, el presidente Javier Milei ha decidido sacar del baúl de los recuerdos la táctica más vieja de la política: agitar una bandera. Ayer, en cadena nacional, el mandatario aseguró que olfateó en el aire “vientos favorables” para reclamar las Malvinas, una revelación que tuvo mientras, probablemente, buscaba desesperadamente algo en el periódico que no fuera la sección de economía o las encuestas que lo ponen por los suelos.

El optimismo presidencial, más inflado que un globo de feria, se debe a que su colega en el club de los peinados inexplicables, Donald Trump, soltó que podría “revisar” la neutralidad de Estados Unidos. ¡Agárrense! Que dos de los líderes más predecibles que un aguacero en pleno monzón se pongan a “revisar” la geopolítica es como dejar a dos mapaches a cargo de un bote de basura. Milei, con la seriedad de quien anuncia el fin del dulce de leche, declaró que “esta amenaza no es inocua”, refiriéndose al proyecto petrolero Sea Lion, que al parecer le molesta más que un mosquito en la oreja a la hora de la siesta.

Para demostrar que no está jugando, el presidente anunció que va a “endurecer las sanciones” contra las empresas que anden perforando por ahí. Esto se traduce, seguramente, en enviarles cartas con faltas de ortografía, bloquearlos en redes sociales y quizás, en un acto de máxima hostilidad, construir una base naval en Tierra del Fuego. Una base que, conociendo el percal, servirá más para organizar asados con vistas al mar que para intimidar a la Corona británica. La OTAN tiembla, pero de la risa.

Para rematar el disparate, Milei afirmó que los isleños no tienen derecho a la autodeterminación por ser una “población implantada en un territorio usurpado”. O sea, que los kelpers son básicamente como un geranio que un vecino plantó en tu maceta sin pedir permiso. Según esta lógica, no tienen voz ni voto, solo necesitan agua y un poco de sol. Una teoría audaz que seguramente será estudiada por jardineros y politólogos por igual, probablemente con la misma cara de perplejidad.

Mientras tanto, en el mundo real, la desaprobación de Milei supera el 55%. Este arrebato de patriotismo de última hora huele menos a soberanía y más a una cortina de humo tan densa como el escape de un autobús de los años setenta. Es el clásico truco de “¡Miren, un pingüino con sombrero!” para que nadie se fije en que la casa se está incendiando. Un intento desesperado de cambiar de tema antes de que las encuestas lo manden a buscar trabajo como panelista de televisión.

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