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China pone al sol por encima del carbón y el carbón se ofende

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Vaya tela. Resulta que en julio los parques solares de China le pasaron la mano por la cara a las centrales de carbón y se coronaron como la principal fuente de capacidad de generación eléctrica instalada del país. Los medios estatales lo soltaron este martes con cara de “miren qué modernos somos”, y los números no mienten: 1.288 gigavatios de solar contra 1.285 de carbón a finales de julio. Una diferencia de tres gigavatios, o sea, lo justo para que el carbón se sienta como el tío que llega segundo a la foto familiar y después dice que no le importa.

Claro que hay truco, como en toda buena fiesta de pueblo. La energía solar sigue muy por detrás en generación real de electricidad porque, sorpresa, de noche y con nubes no brilla ni el sol ni el optimismo. Es como tener el mejor equipo de fútbol del barrio pero solo poder jugar cuando hace buen tiempo. Mientras tanto, en el primer semestre del año la eólica y la solar juntas aportaron el 24,6 % de la mezcla energética, y el carbón se quedó en el 49,7 %. Primera vez que el carbón baja del 50 por ciento. El monstruo negro empieza a toser.

La capacidad renovable ya le había ganado la partida al carbón antes. En marzo del año pasado, eólica y solar juntas superaron por primera vez a las centrales de carbón. Ahora la solar sola se apunta el tanto. Eso sí, las nuevas instalaciones se han ralentizado este año porque el gobierno cambió las tarifas fijas reguladas por un sistema de precios de mercado. Traducción para adultos: se acabó el chollo garantizado y ahora hay que pelearse por cada euro… perdón, por cada yuan. Aun así el parque total sigue creciendo, como esa barriga que no para aunque digas que estás a dieta.

En resumen: China sigue llenando techos y desiertos de paneles como quien colecciona cromos, el carbón mira de reojo resentido y el planeta se permite un suspiro de alivio… mientras no se nuble. Porque de noche, amigos, el sol se va de copas y deja al carbón haciendo el turno de madrugada otra vez. Como en toda buena historia de superación, el protagonista brilla mucho, pero todavía necesita que le dejen la luz encendida.

Starbucks invoca al espíritu de la calabaza para resucitar sus ventas en México

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Ante la alarmante noticia de que sus ventas han caído, la gigantesca cadena de cafeterías Starbucks, operada en México por Alsea, ha desempolvado su libro de hechizos corporativos y ha encontrado la solución definitiva: el todopoderoso café con sabor a calabaza. Así es, la estrategia para revertir la crisis no es bajar los precios ni inventar la cafeína en polvo, sino confiar en que una bebida de temporada con más azúcar que un discurso de político pueda obrar el milagro.

La empresa atribuye su tropiezo del 2% en ventas a una serie de calamidades dignas de una plaga bíblica. Primero, una resaca post-Snoopy, ya que la colección de vasos del año pasado fue tan exitosa que dejó la vara más alta que las cejas de un sorprendido. Segundo, culpan al Mundial de fútbol, porque al parecer los mexicanos prefirieron gritar goles a formarse media hora por un frapuchino. Y tercero, admiten una «reducción deliberada de actividad promocional», que en español de la calle significa: «quitamos las ofertas y la gente se dio cuenta».

Pero no teman, que ya tienen un plan maestro para recuperar a sus feligreses. El director general, Jaime Vasquez, asegura que están viendo el regreso de los clientes gracias a una campaña para reposicionar la marca como el «tercer lugar», ese espacio místico entre tu casa y la oficina donde puedes pagar una fortuna por usar el internet. Esta revelación forma parte de la estrategia global «Back to Starbucks», que suena a película de acción de bajo presupuesto.

Con la confianza de quien tiene un as bajo la manga (o una nueva tanda de jarabe de toffee), la compañía no solo no se achica, sino que va por más. Planean inaugurar pronto su tienda número 1.000 en México y ya fantasean con duplicar su presencia en el país. La lógica es aplastante: si las ventas bajan en las tiendas que ya tienes, la solución es, obviamente, abrir el doble de tiendas para que las ventas bajen en más lugares al mismo tiempo.

Frente a una competencia que brota en cada esquina, desde Cielito Querido hasta la canadiense Tim Hortons, el director de Starbucks adopta una postura de monarca magnánimo: «Hay espacio para todos». Es una forma elegante de decir que, mientras ellos sigan vendiendo la promesa de estatus en un vaso de cartón, el resto puede seguir compitiendo por ver quién sirve el mejor café de verdad. Al final, Starbucks te puede dar «toda esa variedad», siempre y cuando tu variedad se limite a elegir entre diferentes tipos de postres líquidos.

YouTube y Amazon sellan un pacto para que no puedas ver un vídeo sin comprar algo

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En una alianza más predecible que el final de una película de acción, los dos gigantes que dominan nuestras vidas digitales, YouTube y Amazon, han decidido unir fuerzas. Su noble misión es transformar cada rincón de la plataforma de vídeos en un gigantesco teletienda glorificado. Ahora, los creadores de contenido podrán etiquetar productos de Amazon en sus vídeos con la misma facilidad con la que tú le das a «saltar anuncio», convirtiendo sus canales en escaparates de teletienda del siglo XXI y llevándose una jugosa comisión por cada compra impulsiva que provoques.

El director de YouTube Shopping, Travis Katz, describió esta unión con la modestia de un emperador romano, declarando que es «la tienda en línea más grande del mundo unida a la aplicación más utilizada de Internet». Según él, el comercio electrónico es la próxima gran apuesta de la casa matriz, Alphabet, porque, seamos sinceros, ya han monetizado nuestra capacidad de atención con podcasts y vídeos en la tele, y ahora van directos a por nuestras carteras. La lógica es simple: antes mirábamos escaparates, ahora vemos a un tipo en pijama reseñando una freidora de aire.

Y vaya si lo vemos. La plataforma registra la friolera de 110 millones de horas de vídeos relacionados con compras ¡cada día! Es una cantidad de tiempo que podría usarse para aprender un idioma o construir una pirámide, pero que la humanidad prefiere invertir en ver tutoriales de maquillaje y gente sacando cosas de cajas. El negocio ya ha demostrado ser una mina de oro: el valor de los productos vendidos a través de YouTube Shopping se multiplicó por 13 entre 2024 y 2026.

Este movimiento, sin embargo, tiene un tufillo a «llegamos tarde a la fiesta». Su archirrival, TikTok, ya le había echado el lazo a Amazon hace dos años, demostrando que los bailes virales venden más que un anuncio en la Super Bowl. YouTube, en un intento de sonar innovador, se defiende diciendo que ellos son «el segundo motor de búsqueda más grande del mundo» y que tienen la inteligencia artificial de Google para crear «experiencias interesantes», que es la forma corporativa de decir que su algoritmo te conocerá mejor que tu propia madre.

Hasta ahora, los creadores no podían etiquetar fácilmente productos de Amazon, a pesar de que era el socio más solicitado. El sueño húmedo de todo youtuber se ha hecho realidad: ya no tendrán que disimular torpemente los enlaces de afiliados en la descripción del vídeo. Ahora, el botón de compra estará ahí, brillante y tentador, directamente sobre el producto, generando el doble de interacción y facilitando que los creadores se conviertan en los vendedores de crecepelo de nuestra era.

Así que prepárense. El futuro es un lugar donde tu vídeo favorito sobre cómo reparar una tubería vendrá con enlaces directos para comprar una llave inglesa de titanio, un juego de juntas de platino y un patito de goma para la bañera. La delgada línea que separaba el entretenimiento de un infomercial interminable acaba de ser borrada con una tarjeta de crédito.

El gobierno de Colombia y Coca-Cola anuncian un plan secreto para salvar el país, pero los detalles son para después

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En un cónclave de alto nivel que sin duda cambiará el destino de la nación, el presidente de Colombia, Abelardo De la Espriella, y su ministro de Comercio, Mauricio Gómez Amín, se reunieron con los peces gordos de The Coca-Cola Company y Coca-Cola Femsa. La cumbre tuvo como resultado un anuncio histórico: las compañías tienen planes de inversión para los próximos cuatro años. El único pequeño detalle es que nadie sabe cuáles son, porque nos lo contarán en diciembre, como un regalo de Navidad adelantado.

Con la solemnidad que amerita una charla sobre bebidas azucaradas, el presidente De la Espriella proclamó que «Colombia vuelve a ser tierra de confianza, inversión y oportunidades». Aparentemente, la confianza del sector privado ha sido renovada gracias a la promesa de más gaseosas. El objetivo del Gobierno, según explicó el mandatario, es atraer capital que genere empleo y fortalezca la industria, una misión que ahora descansa sobre los hombros de una botella de plástico llena de burbujas.

El suspense es digno de una serie de misterio. El plan de inversión, esa «importante apuesta para el próximo cuatrienio», será revelado en un evento especial en Barranquilla que coincidirá con el centenario de Femsa. Habrá que aguantarse la curiosidad hasta entonces, mientras la nación entera especula si la gran inversión consistirá en una nueva planta para fabricar burbujas más redondas o en el desarrollo de una tapa que se abre con el poder de la mente.

Aprovechando el momento, el presidente envió un mensaje a todos los inversionistas con ganas de aventura, asegurando que su gobierno ofrece «seguridad jurídica, reglas claras y todas las condiciones para invertir». En otras palabras, la alfombra roja está extendida para cualquiera que quiera venir a producir y generar empleo, especialmente si lo que producen hace «psssst» al abrirse y combina bien con el ron.

Así, mientras el país contiene la respiración, el Ejecutivo sigue su gira de seducción de multinacionales. Colombia, según el cierre triunfal del presidente, «está abierta a la inversión y lista para crecer». La gran pregunta que queda en el aire, más efervescente que el producto en cuestión, es si ese crecimiento será económico o en la circunferencia abdominal de sus ciudadanos.

La economía chilena, que ya andaba cojeando, recibe una zancadilla de unas tormentas mortales

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Justo cuando pensábamos que la economía chilena no podía dar más pena, la madre naturaleza decidió unirse a la fiesta y darle un empujón directo al abismo. El principal indicador económico del país, el Imacec, se desplomó un 1,7% en julio con respecto a junio, una caída tan estrepitosa que hasta los economistas más pesimistas se quedaron cortos en sus pronósticos. Esperaban un resfriado y les dio una pulmonía fulminante, marcando la mayor caída mensual desde 2022.

Esta noticia llega como un jarro de agua fría para el presidente José Antonio Kast, quien llegó al poder prometiendo una reactivación económica más rápida que un pedido de comida rápida. A pesar de que el Congreso le aprobó sus recortes de impuestos y garantías a la inversión, la economía ha respondido con la misma energía que un adolescente al que le piden que ordene su cuarto. El mercado laboral sigue débil y, para rematar, unas tormentas decidieron que era un buen momento para paralizar el país.

El diluvio no solo trajo agua, sino también un tsunami de números rojos. La minería, el niño mimado de la economía chilena, se hundió un 9,4% en un solo mes, mientras que el comercio se encogió un 1,4% y los servicios se echaron una siesta del 1,1%. La producción de cobre, el sueldo de Chile, se redujo un 9,8% respecto a junio. Básicamente, todos los indicadores económicos fueron peores de lo esperado, como si se hubieran puesto de acuerdo para dar la peor noticia posible al mismo tiempo.

Con este panorama apocalíptico, uno pensaría que el Banco Central tomaría medidas drásticas, como ponerle electrochoques a la economía para ver si reacciona. Pero no. En una muestra de calma que raya en lo surrealista, se espera que mantengan la tasa de interés quieta en un 4,5%. ¿La razón? La inflación sigue por encima de la meta y el conflicto con Irán tiene el precio del petróleo más volátil que el humor de un jefe un lunes por la mañana.

Así que mientras la actividad económica se ahoga, el Banco Central prefiere preocuparse de que la inflación no se moje los pies. Es la versión financiera de «la casa se está quemando, pero no voy a dejar de regar el césped». Los chilenos, por su parte, miran al cielo, ya no solo por la lluvia, sino para ver si de casualidad cae un milagro económico, porque está claro que de la tierra, por ahora, solo brotan malas noticias.

Los genios de las finanzas en Brasil tiran la toalla porque el gobierno paga mejor que ellos

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En un giro de guion más dramático que el final de una telenovela, los magos de las finanzas de Brasil, esos tipos que se supone que multiplican el dinero como si fueran panes y peces, están cerrando sus chiringuitos. El gurú Arminio Fraga, un discípulo del mismísimo George Soros, básicamente admitió que es imposible competir contra el chollo que ofrece el gobierno brasileño. Con tasas de interés de dos dígitos, invertir en deuda pública es tan seguro y rentable que hacer cualquier otra cosa parece una soberana estupidez.

Así que Fraga, en un acto de rendición gloriosa, le vendió su fondo Gavea Investimentos al Banco Bradesco. Y no es el único. Se ha desatado una estampida de gestores de fondos de cobertura que están corriendo de vuelta a los brazos de los grandes bancos, como hijos pródigos que descubren que la vida independiente es muy cara. Atrás quedaron los días en que “tres amigos y un terminal” bastaban para montar un negocio y soñar con yates; la realidad les ha dado una bofetada con la mano abierta.

Los números de esta tragedia son para llorar, o reír, según se mire. Los activos de los siete mayores fondos de cobertura independientes se han reducido a la mitad desde 2022, hasta unos 17.000 millones de dólares. Desde ese mismo año, el sector ha visto una fuga masiva de capital de 672.000 millones de reales. Mientras tanto, los grandes bancos se ríen a carcajadas, viendo cómo el capital en sus propios fondos casi se ha duplicado desde 2019, llegando a la jugosa cifra de 542.000 millones de reales.

La razón de este descalabro es simple: los inversores no son tontos. ¿Para qué arriesgar el pellejo en un fondo de cobertura que te promete la luna, cuando puedes prestarle dinero al gobierno y recibir un rendimiento que supera con creces sus promesas de humo? Durante los últimos años, el rendimiento de estos fondos ha sido más mediocre que un chiste de cuñado, mientras que la competencia de los bonos corporativos exentos de impuestos les ha puesto la tapa al ataúd.

Hubo un breve momento de esperanza a principios de año, cuando parecía que el banco central bajaría las tasas y les daría un respiro. Pero entonces, la crisis del petróleo por la guerra en Irán llegó para aguar la fiesta, y marzo se convirtió en el peor mes para los fondos desde 2020. Ahora, los operadores esperan que la tasa de referencia se mantenga por encima del 13% hasta finales del próximo año, como mínimo.

Al final, como señala el propio Fraga, el problema es más profundo que un simple ciclo económico. El verdadero culpable es un gobierno con una sed de dinero insaciable, que pide prestado a lo bestia en los mercados locales y paga tasas de interés astronómicas para financiar su creciente déficit. En resumen, el pez más gordo del estanque está distorsionando todo el juego, y a los supuestos genios de las finanzas no les queda más remedio que recoger sus canicas e irse a casa.

El mercado de bonos de Japón alcanza el 3% y el país se despierta con una resaca del tamaño de Godzilla

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Después de pasar más de dos décadas en un coma financiero autoinducido, Japón acaba de despertar con un despertador sonando con la dulzura de un martillo neumático. El rendimiento de sus bonos del Estado a 10 años ha tocado el 3% por primera vez desde 1996, un hito que para el resto del mundo es normalidad, pero para Japón es el equivalente a descubrir que mientras dormías, la inflación se comió tus ahorros y te dejó una nota de agradecimiento.

Este cambio radical se debe a que el Banco de Japón finalmente decidió dejar de jugar a ser un padre sobreprotector y puso fin a su política de tasas de interés negativas. Antes, el banco central controlaba los precios con la precisión de un titiritero, pero ahora ha soltado las cuerdas. Los inversores, tanto locales como extranjeros, han vuelto al mercado como tiburones que huelen sangre, y ahora son ellos los que mandan, basando sus decisiones en cosas tan aburridas como la economía real y no en los caprichos de un burócrata.

El momento no podría ser peor, ya que el mundo entero está sufriendo una pandemia de rendimientos al alza, gracias al petróleo caro y el miedo a que la Reserva Federal de Estados Unidos siga subiendo las tasas. Para el gobierno japonés, esto es una tragedia griega. El reto ahora es que el crecimiento económico genere suficientes impuestos para pagar los crecientes costos de una deuda que ya era monumental. El Ministerio de Hacienda ya está pidiendo la cifra récord de 36,6 billones de yenes (230.000 millones de dólares) solo para pagar los intereses.

La presión para que el Banco de Japón siga subiendo las tasas es inmensa. El propio gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi está a favor de una subida para intentar frenar la caída libre del yen, y hasta el secretario del Tesoro de Estados Unidos les está metiendo prisa. El mercado ya da por hecho que habrá otra subida de tasas este mes o el que viene, apostando con la seguridad de quien sabe el final de la película.

Para rematar el cuadro, el gobierno ha presentado un plan de gasto faraónico para reestructurar la economía, pero se ha «olvidado» de explicar cómo piensa financiarlo todo. Los inversores, que se han vuelto muy sensibles al olor de más deuda, están observando la situación con un balde de palomitas en la mano. Para un país acostumbrado a que el dinero fuera prácticamente gratis, esta nueva «normalidad» se parece sospechosamente a un ataque de pánico financiero.

El mercado de bonos global tiene una fiebre que no se veía desde 2008 y los bancos centrales preparan la motosierra

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El mercado de bonos a nivel mundial ha decidido que la calma era aburrida y se ha lanzado a un ataque de pánico colectivo, llevando los rendimientos a niveles que no se veían desde que teníamos teléfonos con tapa. La culpa de este desmadre la tiene el miedo a una inflación más pegajosa que un chicle en el asfalto, impulsada por las tensiones geopolíticas y un petróleo que no para de subir. Como resultado, los inversores ahora apuestan con la fe de un converso a que la Reserva Federal de Estados Unidos subirá las tasas de interés este mismo mes.

La epidemia de rendimientos altos es global y no discrimina. La rentabilidad de los bonos del Tesoro de EE. UU. a 10 años escaló al 4,77%, su nivel más alto desde hace años. Japón, que llevaba décadas en un letargo financiero, vio cómo el rendimiento de sus bonos a 10 años tocaba el 3% por primera vez desde 1996, y Australia alcanzó su nivel más alto desde 2011. La probabilidad de una subida de tasas de la Fed en septiembre saltó del 34% al 65% en un parpadeo, todo gracias a un discurso de su presidente, Kevin Warsh.

Lo más absurdo de todo este drama es que, mientras los bonos ardían en una hoguera de pánico, el mercado de acciones se lo tomaba con la tranquilidad de quien mira llover desde la ventana. El índice de Asia Pacífico incluso subió, demostrando que a algunos les gusta ver el mundo arder mientras no se queme su propio jardín. El petróleo, por su parte, se unió a la fiesta del caos y subió a 91,55 dólares por barril, añadiendo más gasolina a la hoguera inflacionaria.

Los inversores están exigiendo una mayor recompensa por tener bonos después de años de ver a los gobiernos gastar como si no hubiera un mañana y a las empresas endeudarse hasta las cejas para financiar sus sueños de inteligencia artificial. Ahora ha llegado el momento de pagar la cuenta, y a nadie le gusta el menú. El desajuste entre la oferta y la demanda en el mercado de renta fija es tan grande que parece una fiesta donde hay veinte invitados por cada silla.

Septiembre se perfila como el mes de las reuniones de los banqueros centrales, una especie de cumbre de supervillanos financieros donde todos compiten por ver quién sube las tasas con más ganas. Los mercados ya dan por hecho que el Banco Central Europeo, el de Japón, el de Australia y el de Nueva Zelanda sacarán el látigo. Se avecina un mes de turbulencias en los mercados de divisas y tasas que hará que la montaña rusa más salvaje parezca un paseo en poni.

El panorama, en resumen, es tóxico: inflación persistente combinada con déficits fiscales del tamaño de un asteroide en Estados Unidos, Japón y Europa. La rentabilidad de los bonos del Tesoro a 30 años lleva 55 días por encima del 5%, la racha más larga desde 2006. Abróchense los cinturones, porque parece que la fiesta de la tranquilidad económica ha llegado a su fin y ahora toca una resaca de las que hacen historia.

El peso mexicano se corona rey de la fiesta cambiaria mientras Brasil y Colombia sufren la cruda

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Agosto fue un mes de locos para las monedas de América Latina, una especie de concurso de belleza donde algunas desfilaron con garbo y otras tropezaron en la pasarela. El dólar estadounidense andaba más indeciso que un político en campaña, primero debilitándose y luego sacando músculo tras un discurso de Kevin Warsh, el mandamás de la Reserva Federal. Su sermón, que dejó la puerta abierta a más subidas de tasas, fue como apagar la música en plena fiesta y provocó una reacción desigual en la región.

El gran ganador fue el peso mexicano, que se apreció un 2,03% y se pavoneó como el más galán del baile. Su secreto es una combinación de fundamentos sólidos y el famoso «carry trade», que es básicamente el arte de pedir dinero prestado donde es barato para invertirlo donde pagan una millonada. Gracias a su diferencial de tasas, México sigue siendo el bar de moda para los inversionistas que buscan un trago fuerte, rápido y rentable.

En el podio de los ganadores también se colaron el guaraní paraguayo, con un avance del 0,90%, y el sol peruano, con un 0,84%. El guaraní se ha puesto tan fuerte gracias a las exportaciones que ya está causando problemas en casa, encareciendo los costos locales como un fisicoculturista que ya no cabe en su propia ropa. El sol, por su parte, demostró una resiliencia digna de un maratonista, aguantando la volatilidad gracias a los altos precios de los metales y a que su banco central le echa una manita de vez en cuando.

Del otro lado de la moneda, literalmente, están los que terminaron la fiesta con una resaca monumental. El real brasileño fue el que más sufrió, cayendo un 2,17%, víctima del nerviosismo que generan las próximas elecciones presidenciales. Le siguió de cerca el peso colombiano, con una pérdida del 2,15%, que después de haberse apreciado más del 20% en el año, le dio el patatús a finales de mes, demostrando que todo lo que sube, a veces se desploma con estilo.

Así, la mitad de las monedas de la región terminaron el mes con una sonrisa y la otra mitad buscando una aspirina. El peso chileno perdió un 0,34% y el argentino un 1,42%, uniéndose al club de los apesadumbrados. El cierre de agosto deja el escenario listo para el siguiente capítulo de esta telenovela financiera, donde todos estarán atentos a los próximos movimientos de Estados Unidos y a los dramas locales que nunca faltan en el guion.

El gobierno de Corea del Sur planea una fiesta de deuda de 162.700 millones de dólares y el mercado ya tiene acidez

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El gobierno de Corea del Sur, bajo el mando del presidente Lee Jae Myung, ha decidido que la mejor forma de empezar el 2027 es con una resaca financiera de proporciones épicas. El plan es emitir la friolera de 222,8 billones de wones (unos 162.700 millones de dólares) en bonos, una cifra casi récord que demuestra que la austeridad es un concepto que solo aplican cuando se trata de repartir el postre en las cenas de estado. Esta agenda fiscal expansionista es el equivalente a que un país entero se compre un yate con la tarjeta de crédito.

De esa montaña de dinero, la mayor parte, unos 110,7 billones de wones, se usará para pagar deudas que ya se están acumulando, lo que es como usar la tarjeta de Visa para pagar la de Mastercard. El resto es para nuevos gastos dentro de un presupuesto que aumentará un 12,8%, hasta los 820,9 billones de wones. Esta estrategia de financiar un gasto récord con más deuda tiene a los economistas locales buscando pastillas para la migraña y rezando a todos los santos de las finanzas.

Los operadores de bonos, esa gente que normalmente tiene el pulso de un cirujano, están más nerviosos que un gato en una habitación llena de mecedoras. Un estratega de NH Investment & Securities, Kang Seungwon, admitió que una cifra así resultaría «incómoda», que es la forma educada de decir que están al borde de un ataque de pánico. Como resultado, los rendimientos de los bonos se dispararon, con el de tres años subiendo al 3,9% y el de diez años al 4,4%, una clara señal de que el mercado no se está tragando este cuento con final feliz.

Y aquí viene la mejor parte de este circo financiero, la que demuestra que la lógica a veces se toma vacaciones. Uno pensaría que con el dineral extra que les entró gracias al auge mundial de los chips para inteligencia artificial, el gobierno aprovecharía para pagar deudas. Pero no. En un giro de guion maestro, anunciaron que usarán esos ingresos adicionales para crear un fondo destinado a invertir en… ¡más inteligencia artificial! Es como ganar la lotería y usar el premio para comprar más boletos.

Un analista de Nomura intentó ver el vaso medio lleno, diciendo que la noticia alivia «en parte los temores» porque la reducción de la emisión, aunque minúscula, «es positiva en términos marginales». ¡Claro! Endeudarse por solo 162.700 millones de dólares es un alivio cuando temías que fueran a pedir el doble. Por suerte, todo este plan de fiesta y derroche debe ser aprobado por el Parlamento, que en el pasado ya ha jugado el papel de padre responsable y ha recortado los presupuestos. Crucemos los dedos para que alguien esconda la chequera antes de que el agujero sea más grande.