La economía chilena, que ya andaba cojeando, recibe una zancadilla de unas tormentas mortales

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Justo cuando pensábamos que la economía chilena no podía dar más pena, la madre naturaleza decidió unirse a la fiesta y darle un empujón directo al abismo. El principal indicador económico del país, el Imacec, se desplomó un 1,7% en julio con respecto a junio, una caída tan estrepitosa que hasta los economistas más pesimistas se quedaron cortos en sus pronósticos. Esperaban un resfriado y les dio una pulmonía fulminante, marcando la mayor caída mensual desde 2022.

Esta noticia llega como un jarro de agua fría para el presidente José Antonio Kast, quien llegó al poder prometiendo una reactivación económica más rápida que un pedido de comida rápida. A pesar de que el Congreso le aprobó sus recortes de impuestos y garantías a la inversión, la economía ha respondido con la misma energía que un adolescente al que le piden que ordene su cuarto. El mercado laboral sigue débil y, para rematar, unas tormentas decidieron que era un buen momento para paralizar el país.

El diluvio no solo trajo agua, sino también un tsunami de números rojos. La minería, el niño mimado de la economía chilena, se hundió un 9,4% en un solo mes, mientras que el comercio se encogió un 1,4% y los servicios se echaron una siesta del 1,1%. La producción de cobre, el sueldo de Chile, se redujo un 9,8% respecto a junio. Básicamente, todos los indicadores económicos fueron peores de lo esperado, como si se hubieran puesto de acuerdo para dar la peor noticia posible al mismo tiempo.

Con este panorama apocalíptico, uno pensaría que el Banco Central tomaría medidas drásticas, como ponerle electrochoques a la economía para ver si reacciona. Pero no. En una muestra de calma que raya en lo surrealista, se espera que mantengan la tasa de interés quieta en un 4,5%. ¿La razón? La inflación sigue por encima de la meta y el conflicto con Irán tiene el precio del petróleo más volátil que el humor de un jefe un lunes por la mañana.

Así que mientras la actividad económica se ahoga, el Banco Central prefiere preocuparse de que la inflación no se moje los pies. Es la versión financiera de «la casa se está quemando, pero no voy a dejar de regar el césped». Los chilenos, por su parte, miran al cielo, ya no solo por la lluvia, sino para ver si de casualidad cae un milagro económico, porque está claro que de la tierra, por ahora, solo brotan malas noticias.

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