Menudo espectáculo. En Asheville, Carolina del Norte, Estados Unidos decidió abrir la puerta del club de los ricos y poderosos al ministro de Finanzas ruso, Anton Siluanov, y los socios europeos se quedaron con cara de haber tragado un hueso de aceituna. La reunión del G20 de dos días arrancó el lunes con sorpresa, consternación y ganas de mandar a alguien a la puta calle… o al menos de borrarlo de la foto de familia del martes.
Siluanov se plantó en la mesa por primera vez en persona desde que Rusia invadió Ucrania en 2022. El bloque de los 27 pidió de inmediato que lo dejaran fuera del retrato oficial, como quien esconde al pariente borracho en la boda. Qué contraste con abril de aquel año, cuando hasta su presencia virtual en Washington provocó que se levantaran y se fueran funcionarios de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y el Banco Central Europeo. Ahora el tipo está sentado ahí tan campante y a varios les hierve la sangre.
El ministro de Finanzas alemán, Lars Klingbeil, no se mordió la lengua: “Recibir al ministro ruso aquí manda una señal que encuentro perturbadora”. Europa anda preparando un nuevo paquete de sanciones contra Moscú y la presencia del ruso le parece “bastante preocupante” para la cooperación con Washington. Le hubiera gustado que los estadounidenses dejaran más claro que no era un invitado normal. Traducción de adulto: “Oye, que este tío no viene de visita de cortesía, ¿no?”.
Desde la Casa Blanca mandaron a un portavoz a decir que el presidente Trump y su gente no tienen miedo de hablar con quien haga falta y que están trabajando con Rusia para “dar por terminado el baño de sangre sin fin” en Ucrania. El francés Roland Lescure, más diplomático, soltó que escucharían a los aviones… perdón, a los planes de Estados Unidos sobre sanciones y verían cómo ayudar. Mientras tanto el anfitrión, el secretario del Tesoro Scott Bessent, inauguró la fiesta hablando de crecimiento como la mejor medicina para la deuda acumulada desde la crisis de 2008 y la pandemia. Clásico discurso de “crezcan ustedes que yo ya cobré”.
El contexto no ayuda a la digestión: la economía mundial tambalea por una crisis energética ligada a la guerra en Irán, las tensiones por el superávit comercial chino y la expectativa de ver si el boom de la inteligencia artificial es oro o humo. Encima Estados Unidos, que quiere arrastrar a Europa a su guerra económica contra Irán, reinició las hostilidades arancelarias con Canadá (socio del G7 y del G20) aunque la Corte Suprema le tumbó la mayoría de los aranceles anteriores. El ministro canadiense François-Philippe Champagne llegó “con buen ánimo” y ganas de dialogar. Brasil, que está a matar con Trump, directamente no mandó a nadie. Como en las cenas familiares conflictivas: unos se pelean, otros se van y el anfitrión sigue sirviendo café.
Así que mientras Europa bufa, pide sanciones y mira de reojo al ruso sentado en la mesa, Estados Unidos juega a anfitrión flexible y el G20 se convierte en un reality de geopolítica donde nadie se pone de acuerdo ni en la foto. Rusia ya está dentro, los europeos quieren echarlo del álbum y el planeta sigue girando entre crisis energéticas, deudas y promesas de paz que suenan a brindis al sol. Como en toda buena comedia de adultos con traje y corbata: mucha diplomacia, poca vergüenza y todos fingiendo que la cosa es normal.





