El gigante de la moda de usar y tirar, Shein, aterrizó en la Bolsa de Hong Kong con la gracia de un hipopótamo en una piscina para niños. Su debut, que se esperaba con la emoción de un estreno de cine, terminó siendo tan emocionante como ver secar la pintura. Las acciones coquetearon con una caída del 10% para terminar cerrando casi en el mismo precio de salida, demostrando que al mercado le entusiasma su futuro tanto como a nosotros nos entusiasma hacer la declaración de la renta.
La verdadera comedia, sin embargo, está en las cifras de su valoración. La empresa, que en el delirio de la pandemia llegó a valer unos 100.000 millones de dólares en 2022, ahora se conforma con unos modestos 26.000 millones. Es el equivalente financiero a pasar de ser el rey del baile a ser el tipo que limpia los vasos al final de la fiesta. La razón de este desplome es que su crecimiento se ha desacelerado más que el tráfico en hora pico y su beneficio neto cayó un 39%.
El problema de fondo es que el truco de magia de Shein se ha terminado. Su modelo de negocio se basaba en aprovechar un vacío legal en Estados Unidos y Europa que permitía enviar paquetes de bajo valor sin pagar aranceles. Pero los gobiernos, que son lentos pero no tontos, ya cerraron esa puerta. Ahora, la compañía se enfrenta a la cruda realidad de tener que pagar impuestos como el resto de los mortales, lo que ha puesto sus costos por las nubes.
En un intento desesperado por reinventarse, la nueva estrategia de Shein es dejar de ser solo una tienda y convertirse en una especie de centro comercial en línea, ofreciendo su plataforma a vendedores externos. Es como si el dueño de un restaurante en quiebra decidiera que la solución es alquilar sus mesas a otros cocineros. El objetivo es que estos nuevos servicios compensen el deterioro de su negocio principal, que ya muestra signos de agotamiento.
La presión es brutal, sobre todo en la rentabilidad. El margen operativo de Shein fue de un mísero 4,1% en 2025, una cifra que da más pena que risa, sobre todo si la comparamos con los gigantes del sector como Inditex. Con los nuevos aranceles y una competencia feroz, trasladar esos costos al consumidor sin espantar a sus clientes, que compran precisamente por lo barato, es un reto más complicado que armar un mueble de Ikea sin instrucciones.
Para añadir más incertidumbre, solo un 2,3% de la compañía está disponible para el público, mientras los fundadores mantienen un control casi total. El resto de las acciones se liberarán en los próximos años, momento en el que se sabrá si los inversionistas siguen creyendo en el cuento de hadas o si Shein termina como sus productos: pasando de moda rápidamente y acumulándose en el rincón de las ofertas.





