El gran circo financiero de Elon Musk, que abarca desde coches eléctricos hasta cohetes y robots, tiene un único acto principal: el arte de vender humo. El hombre más rico del mundo es un maestro en capturar la atención del público, pero últimamente su espectáculo parece estar perdiendo el brillo. A pesar de sus grandilocuentes anuncios, su “economía de la atención” muestra síntomas de estar entrando en una recesión, y los aplausos del público suenan cada vez más a bostezos.
La fe de sus seguidores se traduce en cifras de manicomio. Tesla cotiza a 159 veces sus ganancias futuras y SpaceX a 89 veces, mientras que gigantes como Nvidia se conforman con 22 veces. No son valoraciones, son actos de fe; es comprar un boleto a una fantasía futurista en lugar de una acción. Sin embargo, la fe se ha puesto a prueba. Desde sus picos, ambas compañías han perdido la friolera de 1,4 billones de dólares en valor, el equivalente a una Tesla entera evaporada en el aire. Una resaca monumental para los creyentes.
Las promesas de Musk se han vuelto tan estratosféricas que rozan la comedia. Afirmó que SpaceX “probablemente” lanzará un cohete al día dentro de un año y que sus ingresos alcanzarán el billón de dólares para 2029. Pero la joya de la corona fue su predicción de que “el dinero no importará en 2036”. Esto plantea una pregunta tan obvia como incómoda: si el dinero será papel mojado en una década, ¿por qué demonios les pide a los inversionistas que le entreguen carretadas de su dinero tan útil hoy?
Las grietas en la fachada son cada vez más visibles. Durante una presentación, uno de sus ingenieros presumió de “cero incidentes notables” para sus robotaxis tras 380.000 millas, sin mencionar que su rival Waymo lleva años de ventaja. Fue el equivalente a dar una vuelta a la manzana y declararse el rey del automovilismo. Los inversores no son tontos y las acciones de Tesla y SpaceX se desplomaron. La lista de promesas rotas, como los tejados solares o el “Model 2” económico, empieza a ser más larga que la cola para comprar sus coches.
Detrás de la cortina de humo, la realidad es que ambas empresas queman dinero como si fuera leña en una fogata de campamento. SpaceX se gastó casi una quinta parte de lo recaudado en su salida a bolsa en un solo trimestre, y se espera que Tesla haga lo mismo con un tercio de su efectivo. La imagen es la de un malabarista que mantiene girando platos cada vez más grandes sobre palitos cada vez más delgados. El problema es que el público se está cansando del truco y los platos están empezando a tambalearse peligrosamente.





