Resulta que el primer ministro canadiense, Mark Carney, salió este martes a decirle a Estados Unidos, con la paciencia de quien aguanta a un cuñado en Nochebuena, que ya está bien de postureo y que se tomen las cosas en serio si quieren volver a hablar de un acuerdo comercial. Porque negociar a base de gritos, caprichos y ocurrencias de patio de colegio no es diplomacia: es una pelea de bar después del tercer tequila.
Canadá se levantó de la mesa el 21 de agosto cuando Washington, según Ottawa, soltó exigencias de última hora más inaceptables que pedirle a tu suegra que pague la cuenta. Desde entonces, Donald Trump ha propuesto rebautizar el lago Ontario como “lago América” (porque al parecer los mapas también entran en la lista de la compra), ha llamado a los líderes canadienses “los peores” con los que le ha tocado lidiar y ha repetido que Canadá les está mangando el dinero como si fueran el primo que nunca devuelve los veinte euros. Para rematar la faena, publicó un meme hecho con inteligencia artificial de gansos canadienses con el peinado de Trump desfilando bajo la bandera estadounidense. Sí: gansos. Con tupé. Desfilando. La geopolítica ha alcanzado niveles de sketch de medianoche.
Carney, con cara de quien ya ha visto demasiadas tonterías en una sola legislatura, dejó claro que un acuerdo beneficioso para ambos sigue siendo posible… siempre que respete la soberanía canadiense y no convierta el país en el patio trasero con calefacción. “Cuando los estadounidenses dejen de hacer memes, dejen de lanzar pullas, dejen de intentar mostrarse duros y empiecen a tomarse en serio esas conversaciones, podremos mantenerlas”, soltó, añadiendo que lo de Washington “no es constructivo”. Traducción libre: dejen de hacerse los chulos del recreo y hablen como gente mayor de edad.
En la Casa Blanca, claro, niegan la mayor y aseguran que había una oferta estupenda sobre la mesa, de esas que solo lo son si miras con un solo ojo y de lejos. Carney respondió que Ottawa jamás vio esas condiciones como razonables, sobre todo en el sector del automóvil, tan entrelazado que parece matrimonio a la fuerza. La actitud estadounidense, explicó, venía a ser: o las industrias clave canadienses se convierten en filiales de las gringas, o les ponen un grifo tan cerrado que se sequen hasta desaparecer. “Por supuesto, no vamos a aceptar esas condiciones”, zanjó. O sea: preferimos seguir siendo Canadá y no el almacén número 47 de alguien con obsesión por los lagos y los gansos peinados.
Al final, la cosa queda en un empate técnico entre el orgullo herido, los aranceles amenazantes y un meme que debería estar prohibido por crímenes contra el buen gusto. Cuando Trump guarde el generador de imágenes absurdas y Carney deje de tener que explicar lo obvio, quizá vuelvan a sentarse. Mientras tanto, el lago Ontario sigue llamándose Ontario, los gansos siguen sin tupé y Canadá deja claro que soberanía no se negocia ni con memes ni con gritos. Y menos mal.





