El mercado de bonos de Japón alcanza el 3% y el país se despierta con una resaca del tamaño de Godzilla

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Después de pasar más de dos décadas en un coma financiero autoinducido, Japón acaba de despertar con un despertador sonando con la dulzura de un martillo neumático. El rendimiento de sus bonos del Estado a 10 años ha tocado el 3% por primera vez desde 1996, un hito que para el resto del mundo es normalidad, pero para Japón es el equivalente a descubrir que mientras dormías, la inflación se comió tus ahorros y te dejó una nota de agradecimiento.

Este cambio radical se debe a que el Banco de Japón finalmente decidió dejar de jugar a ser un padre sobreprotector y puso fin a su política de tasas de interés negativas. Antes, el banco central controlaba los precios con la precisión de un titiritero, pero ahora ha soltado las cuerdas. Los inversores, tanto locales como extranjeros, han vuelto al mercado como tiburones que huelen sangre, y ahora son ellos los que mandan, basando sus decisiones en cosas tan aburridas como la economía real y no en los caprichos de un burócrata.

El momento no podría ser peor, ya que el mundo entero está sufriendo una pandemia de rendimientos al alza, gracias al petróleo caro y el miedo a que la Reserva Federal de Estados Unidos siga subiendo las tasas. Para el gobierno japonés, esto es una tragedia griega. El reto ahora es que el crecimiento económico genere suficientes impuestos para pagar los crecientes costos de una deuda que ya era monumental. El Ministerio de Hacienda ya está pidiendo la cifra récord de 36,6 billones de yenes (230.000 millones de dólares) solo para pagar los intereses.

La presión para que el Banco de Japón siga subiendo las tasas es inmensa. El propio gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi está a favor de una subida para intentar frenar la caída libre del yen, y hasta el secretario del Tesoro de Estados Unidos les está metiendo prisa. El mercado ya da por hecho que habrá otra subida de tasas este mes o el que viene, apostando con la seguridad de quien sabe el final de la película.

Para rematar el cuadro, el gobierno ha presentado un plan de gasto faraónico para reestructurar la economía, pero se ha «olvidado» de explicar cómo piensa financiarlo todo. Los inversores, que se han vuelto muy sensibles al olor de más deuda, están observando la situación con un balde de palomitas en la mano. Para un país acostumbrado a que el dinero fuera prácticamente gratis, esta nueva «normalidad» se parece sospechosamente a un ataque de pánico financiero.

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