Robert Doornbos, expiloto de Fórmula 1 que vive en Dubái, realizó unos cincuenta vuelos en clase ejecutiva el año pasado. Pagó hasta siete mil quinientos euros por un solo pasaje a Madrid para un Gran Premio. Afirma que prefiere quemar ese dinero antes que llegar cansado a sus charlas como orador.
Las grandes aerolíneas observan este tipo de clientes con ojos de tiburón. British Airways amplió su cabina de clase ejecutiva, Delta duplicó su flota de Porsche para trasladar a los ricos y hasta Southwest, la aerolínea de los billetes baratos, añadió opciones prémium. Los precios de los pasajes en Estados Unidos subieron un veintidós por ciento en septiembre.
Delta reveló que, por primera vez, los ingresos de los asientos prémium superaron a los de la clase económica tradicional. Los ejecutivos aseguran que los clientes adinerados siguen pagando sin quejarse aunque el combustible cueste una fortuna por la tensión entre Estados Unidos e Irán. El resto de los mortales, en cambio, ya empieza a mirar los precios con cara de funeral.
En los vuelos de Delta ahora sirven hamburguesas de wagyu, bourbon Blanton’s y champán Taittinger que cuesta más que un mes de alquiler. También reparten almohadas de Missoni y vinos de más de doscientos dólares la botella. Todo para que el pasajero premium no note que está a diez mil metros de altura.
Los ricos aseguran que recortarán hoteles o comidas antes que dejar de volar. Uno de ellos ya cambió el Caribe por Miami porque salía un poco más barato. Mientras tanto, las aerolíneas siguen invirtiendo fortunas en la parte delantera del avión, convencidas de que ese público no va a dejar de pagar aunque el mundo se esté incendiando.




