Miles de albaneses salieron a las calles como si fueran a una final de fútbol pero sin entradas y con ganas de romper todo. La policía respondió con cañones de agua, gases lacrimógenos y balas de goma, mientras algunos manifestantes contestaban lanzando fuegos artificiales como si celebraran Año Nuevo en pleno octubre.
La cosa empezó por un proyecto turístico de lujo en la costa, impulsado por Jared Kushner, que amenaza un humedal protegido. Ambientalistas y el movimiento Flamingo dijeron basta, y la protesta creció como una bola de nieve hasta incluir corrupción, universidades en ruinas, pensiones miserables y el primer ministro Edi Rama.
**Estudiantes y profesores se plantaron frente al Ministerio de Educación como quien defiende el último pedazo de pizza.**
Algunos rompieron ventanas, otros quemaron almohadones rojos que Rama había puesto para fingir diálogo, y la policía volvió a cargar. Más de trescientos heridos entre ambos bandos y decenas detenidos, todo por reclamar sueldos de novecientos treinta euros y que no te obliguen a emigrar como ya hicieron un millón y medio de albaneses.
Rama acusó a Rusia e Irán de meter cizaña por internet y prometió que la respuesta del Estado sería “prolongada y persistente”, frase que suena a amenaza de suegra cuando le robas el control remoto. Los manifestantes, por su parte, corearon “Rama en prisión” y “Berisha en prisión”, demostrando que en Albania todos los políticos parecen sacados del mismo programa de chismes.
Al final, la activista Sidorela Vatnikaj lo resumió: hay mucha rabia y ya no es solo por los estudios o el medio ambiente, es por el derecho a vivir en tu propio país sin tener que soñar con otro. Mientras tanto, las aulas siguen con cuarenta alumnos, sin laboratorios y con la misma corrupción de siempre.




