El veterano tornero de ochenta años recorrió Copacabana como si fuera el desfile de una comparsa de carnaval jubilada, rodeado de miles de fieles vestidos de rojo que parecían haber salido de una rifa de supermercado. Entre bocinazos y banderas gigantes juró que hoy mismo le arrebatará la banda presidencial a Flávio Bolsonaro, a quien llamó miliciano de pacotilla mientras subía a una camioneta que traqueteaba como el viejo ómnibus de la ruta 22.
**El candidato del PT repite que el pueblo no quiere retroceder, sino avanzar hacia una pensión mejor surtida.** Afirma tener más seguidores que el ejército chino y el yanqui juntos, gracias a un grupo de mensajería que ya supera los diez millones de abuelos tecleando desde el sillón. “Mañana seré presidente otra vez”, repitió ante los micrófonos, como si estuviera apostando en la quiniela del barrio en vez de disputar la elección más reñida de Brasil.
Mientras tanto, el hijo mayor del expresidente ultraderechista se prepara para cerrar campaña en Río, cuna de su feudo, con la misma seguridad de quien cree que la milicia familiar le alcanza para ganar un balotaje técnico. Ambos candidatos terminan esta absurda carrera dominical en un empate que parece más bien una pelea de abuelos en la plaza por el último banco a la sombra.




