Blackstone pregunta si la inteligencia artificial existe antes de prestar miles de millones

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Los ejecutivos de Blackstone se reunieron con los de CoreWeave y soltaron dos preguntas dignas de un abuelo perdido en internet: qué es una gpu y si la inteligencia artificial es de verdad. Tras recibir respuestas que los convencieron, soltaron un préstamo de dos mil trescientos millones de dólares en dos mil veintitrés para comprar chips. Ese primer trato grande marcó el inicio de un negocio que ahora apunta a un billón de dólares en deuda respaldada por hardware de inteligencia artificial.

Tres años después, el mismo Jon Gray de Blackstone llama parabólica la demanda de esta tecnología. Sin embargo, las acciones y bonos de CoreWeave han caído fuerte porque los inversores dudan que los ingresos justifiquen tanto gasto descomunal. Mientras tanto, Broadcom prepara sesenta mil millones para alquilar chips a Anthropic y SpaceX busca cuarenta mil millones solo para comprar unidades de Nvidia.

Nvidia armó una alianza de quinientos mil millones con varios bancos para que sus clientes adquieran más gpu. Los analistas de jpmorgan calculan que el gasto total en chips podría superar los tres billones hasta dos mil treinta, casi todo financiado con deuda. El problema es que los chips cuestan entre dos y cuatro veces más que los centros de datos que los guardan y se deprecian en cinco o seis años.

CoreWeave empezó como empresa de minería de criptomonedas en dos mil diecisiete y cambió de rubro cuando Microsoft necesitó capacidad de cómputo. Ahora usa contratos con grandes clientes para conseguir préstamos más baratos y ya rozó el grado de inversión. Aun así, sus bonos especulativos se hundieron hasta ochenta centavos por dólar tras la última venta masiva de activos.

Los prestamistas admiten que no existe un manual para financiar esta locura y que todo depende de que la demanda de cómputo siga creciendo sin parar. Si la inteligencia artificial resulta una decepción, el riesgo se concentra en unos pocos fabricantes y clientes interconectados. Blackstone compara la situación con los primeros años del modelo t de ford, cuando nadie sabía si la gente iba a comprar autos.

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