Antes de que Hugo Sánchez volara en estadios, su carrera empezó con una pelota raquítica en Jardín Balbuena y la autorización familiar para cruzar media ciudad rumbo a Ciudad Universitaria. Aquel permiso, más valioso que cualquier contrato, lo llevó el 23 de octubre de 1976 a tener sus primeros minutos en Primera División con apenas 18 años, frente a Tigres, sin chilenas ni reflectores.
El debut fue discreto, pero marcó el inicio de una temporada que transformaría la historia de la UNAM y colocaría al futuro Pentapichichi como uno de los delanteros más letales del país. En casa, el talento nunca sustituyó la disciplina. Héctor Sánchez, ex delantero semiprofesional y mecánico automotriz, exigía orden, mientras María Isabel vigilaba que los estudios precedieran cualquier partido. El “Niño de Oro” esperó terminar la primaria para probarse en la cantera, sin atajos ni favores.
Esa espera convirtió su ingreso en algo más que un debut: fue el resultado de trayectos largos en camión, entrenamientos sin glamour y una familia que medía el éxito con calificaciones antes que con goles. El futbol callejero de Balbuena funcionó como primera cantera, donde improvisar jugadas valía más que cualquier manual táctico.
Años después, aquel niño que soñaba con igualar a Pelé demostró que el camino más largo a veces lleva directo a la gloria universitaria, sin necesidad de atajos ni reflectores prematuros.




