Las autoridades rusas han salido como alma que lleva el diablo tras la decisión de Moldavia de declarar persona non grata a un miembro de su embajada en Chisinau. Todo empezó cuando un dron cargado de explosivos cayó cerca de Telenesti, como si alguien hubiera tirado una granada en el patio de la vecina mientras jugaba al dominó.
La portavoz María Zajarova, con la misma cara de pocos amigos que el tío que pierde en el póker, acusó a Chisinau de montar una estrategia para fastidiar a Moscú y romper los lazos históricos entre ambos países. Según ella, esta movida responde a una línea política antirrusa tan destructiva como cuando tu suegra decide mudarse a tu casa sin avisar.
Moldavia, por su parte, sostiene que el dron violó su espacio aéreo y su soberanía, algo así como si un vecino te lanzara petardos a la terraza tres veces en una semana. Ya habían registrado otros dos incidentes parecidos y culpan directamente a Rusia, como quien señala al primo que siempre rompe los muebles en las fiestas.
El resultado es una nueva crisis diplomática que amenaza no solo las relaciones entre gobiernos, sino también los lazos entre sus poblaciones, como cuando dos familias se pelean por el control remoto y terminan sin hablarse en Navidad. Rusia promete una respuesta contundente y adecuada, aunque nadie sabe si será un tuit furioso, un embargo de vodka o simplemente mandar más drones con dedicatoria.




