Imaginen la revisión del T-MEC como una terapia de pareja para tres. México llega con agenda y café, Estados Unidos amenaza con cambiar las contraseñas del Wi-Fi y Canadá llega tarde. La mesa está puesta para el drama, pero solo uno de los comensales parece ser el adulto responsable.
Larry Rubin, el mandamás de la American Society México, lo confirmó con la sutileza de un réferi de lucha libre anunciando una silla de metal. Mientras la plática con Estados Unidos avanza como un vals bien ensayado, la relación comercial con Canadá parece un caótico mosh pit. La “preocupación” empresarial no es pánico, sino el fastidio colectivo ante la imposición de aranceles recíprocos, el equivalente diplomático a rayarle el coche a tu vecino porque usó tu lugar de estacionamiento. Por supuesto, siempre está la sombra de una posible administración de Donald Trump, que podría añadirle a la negociación el mismo nivel de serenidad que un avispero dentro de un elevador. Pero para eso México tiene años de entrenamiento, manejando el drama del norte con la paciencia de un santo que ya ha visto demasiadas telenovelas.
Larry Rubin espera que el Primer Ministro Carney de Canadá se dedique a la negociación en serio para que el T-MEC llegue a buen puerto en 2026. Básicamente, es un llamado para que dejen el drama y ayuden a firmar los papeles antes de que se enfríe la cena para todos.





