Sonaron las alarmas en cocinas estudiantiles y refrigeradores solitarios. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, con calma olímpica, no descartó un ajuste fiscal a dos pilares nutricionales de la república: la sopa instantánea y la cerveza. La tragedia se cernía sobre el menú de fin de quincena.
El alboroto fue iniciado por el diputado de Morena, Carlos Antonio Altamirano, quien, en un arranque de celo por la salud pública, señaló a los productos con exceso de sodio como la plaga del siglo. Su propuesta, que apunta a sopas Maruchan, salsas y aderezos, podría recaudar 12 mil millones de pesos, una suma ideal para financiar una dotación nacional de antiácidos. Mientras los medios desataban el apocalipsis-ramen, la presidenta Sheinbaum desvió la atención con una simple maniobra: pidió esperar al Paquete Económico del 8 de septiembre. Su verdadero objetivo, aclaró, no es tu cena improvisada, sino los verdaderos villanos del sistema: las “factureras” y la masiva evasión fiscal. El coordinador Ricardo Monreal respaldó la cordura, pidiendo cuidar el bolsillo familiar antes que castigar a un fideo deshidratado. El gobierno, en resumen, está cazando dragones financieros, no gnomos de sodio.
Así que, mientras la nación contiene el aliento por el futuro de su comida de emergencia, la administración afila sus herramientas para el verdadero combate. El destino económico pende de un hilo, pero toda la atención mediática se centra en un humilde vaso de unicel. Prioridades, señores.





