En una decisión que suena más a un experimento social que a una estrategia de negocios, la Autoridad Nacional de la Competencia (ANC) le ha dado el visto bueno a Metrotel para que se convierta, de la noche a la mañana, en un pez gordo de las telecomunicaciones. La empresa, que hasta ayer se dedicaba a conectar oficinas con internet, ahora recibirá como regalo de cumpleaños un paquete de seis millones de líneas móviles y 200.000 clientes de internet fijo. Es como si el encargado del quiosco de la esquina heredara de repente una cadena de supermercados.
Imaginen la escena en las oficinas de Metrotel. Con sus modestos 300 empleados y unos 9.000 clientes corporativos, de repente les cae encima una avalancha de usuarios residenciales. Pasar de atender a gerentes enojados a lidiar con millones de personas que se quejan porque no pueden ver el último capítulo de su telenovela favorita va a requerir algo más que un simple aumento de personal. Probablemente necesiten un equipo de psicólogos y un suministro industrial de café y calmantes.
Todo este circo es el resultado de la glotonería corporativa de Telecom, que se zampó a Telefónica y se convirtió en un monstruo tan grande que la ANC tuvo que ponerlo a dieta. Para evitar que controlara casi el 70% del mercado, el regulador le obligó a escupir una porción de su negocio. La solución fue esta especie de adopción forzada, donde Telecom tuvo que ceder parte de su clientela para bajar su cuota de mercado a un más «razonable» 50%.
Pero aquí viene la letra pequeña del contrato, el giro de tuerca que le pone sabor al drama. Los seis millones de clientes transferidos no son prisioneros de guerra. Si no les gusta la cara de su nuevo proveedor, Metrotel, pueden hacer las maletas y mudarse a otra compañía sin que nadie les diga nada. Básicamente, Metrotel recibe un reino, pero con súbditos que tienen la llave de la puerta principal y no dudarán en usarla si el servicio es malo.
Lo más sospechoso de todo este asunto es que fue la propia Telecom la que propuso a Metrotel como el afortunado comprador. ¿Una jugada maestra para entregarle el paquete a un competidor que consideran más débil? Mientras tanto, ambas empresas todavía tienen que sentarse a negociar el precio de esta masiva transferencia de usuarios, un proceso sin fecha límite que seguramente se parecerá a una partida de póquer entre un profesional y un novato.
Así que, mientras los ejecutivos sacan sus calculadoras y afilan sus colmillos, millones de argentinos se preparan para ser los conejillos de indias en el reality show más aburrido del mundo: «Mi vida con un nuevo operador de telefonía». Prepárense para llamadas de bienvenida, nuevas facturas y, probablemente, la misma calidad de señal de siempre. ¡Qué emoción



