Quito se vistió de gala, o al menos barrió la entrada, para recibir a Marco Rubio, el gerente regional de la democracia™ que anda de gira como si fuera un cantante de los ochenta en su tour del adiós. El secretario de Estado gringo, con cara de estar preocupado pero con el bronceado de Miami intacto, se reunió con el presidente Daniel Noboa para prometerle que, ahora sí, van a poner en su sitio a las mafias del narco, que al parecer ya no son simples delincuentes, sino ejércitos con mejor equipamiento que algunas selecciones de fútbol.
En un giro argumental digno de telenovela de las nueve, Rubio describió a los narcos ecuatorianos como «ejércitos» con armamento que ya quisiera tener un país pequeño para su desfile de independencia. Por eso, Washington, en un acto de generosidad burocrática, ha etiquetado a «Los Tiguerones» como organización terrorista. Un ascenso meteórico para una banda que suena más a grupo de cumbia que a amenaza global, pero que ahora ya puede poner «terrorista certificado» en su perfil de LinkedIn. Ecuador, que ostenta el glamuroso título de «país más violento de la región» con un muerto cada hora, se convierte así en el escenario de la próxima temporada de esta serie que lleva décadas al aire.
Para combatir a estos ejércitos del mal, que tienen socios albaneses y mexicanos como si fueran una multinacional, el Tío Sam abrirá la cartera… pero poquito. Rubio prometió 55 millones de dólares, que es básicamente lo que se gasta un jeque árabe en un fin de semana en Las Vegas. Además, cederán un buque de la Guardia Costera que seguramente ya estaba para la jubilación y una docena de lanchitas para perseguir narcosubmarinos en el Pacífico. Es como intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua, pero la foto para la prensa queda espectacular, sobre todo con los seis barcos pesqueros que ya hundieron en «operativos conjuntos».
El «Tour Sudamericano del Rencor» de Rubio también incluyó una parada en Colombia, donde cenó con el presidente Abelardo de la Espriella, y aprovechó los micrófonos para repartir tirones de orejas a distancia. A Nicaragua le mandó decir que no le gusta lo que hacen y que por eso hay sanciones, y a Cuba le advirtió que no permitirá que una «compañía militar llamada Gaesa» se siga quedando con el cambio del pan. Un discurso que suena a padre enojado que amenaza con cortar la paga semanal.
Así concluye otro capítulo de la interminable saga de la «lucha contra las drogas», un teatrito diplomático donde todos se dan palmaditas en la espalda, se prometen chatarra militar y más dinero, mientras los capos se ríen a carcajadas desde sus yates que, curiosamente, no son de segunda mano. La próxima gira será en un par de años, con las mismas promesas y, probablemente, con el doble de problemas. ¡No se pierdan el próximo episodio



