¡Atención, atención! El circo de la política internacional ha montado su carpa en Ecuador. Marco Rubio, el secretario de Estado con más pinta de vendedor de seguros de vida, aterrizó en Quito como si fuera Santa Claus en julio, pero en lugar de regalos trajo un maletín con calderilla y la promesa de unos cuantos juguetes acuáticos para que el gobierno local se entretenga persiguiendo lanchas en el Pacífico.
En una reunión que seguramente tuvo más café y galletas que soluciones reales, Rubio se sentó con el presidente Daniel Noboa y le dijo: «Tranquilo, mijo, aquí tu Tío Sam te trae 45 milloncitos de dólares y unas lanchas para que dejes de llorar». Al parecer, Washington está tan comprometido en «reafirmar su influencia» que ahora se dedica a patrocinar las guerritas de sus vecinos del sur, como si se tratara de un equipo de fútbol de tercera división. «Esto no son grupos comunes, tienen capacidad terrorista», balbuceó Rubio, refiriéndose a los narcos como si fueran los villanos de una película de James Bond de bajo presupuesto.
Y para demostrar que van en serio, el Departamento de Estado sacó su varita mágica burocrática y ¡abracadabra!, declaró a la banda «Los Tiguerones» como una organización terrorista. ¡Tiembla, ISIS! Los Tiguerones, que suenan más a un grupo de cumbia que a una amenaza global, ahora están en la misma lista que Al Qaeda. Uno se imagina la ceremonia: un tipo con corbata en un sótano de Washington cambiando una etiqueta en un archivero que pone «banda de matones» por otra que dice «terroristas nivel apocalipsis». Mientras tanto, para endulzar el trato, Rubio anunció que también sancionarían a siete exfuncionarios corruptos, que es el equivalente a ponerle una multa de tráfico a alguien que ya se fugó con el botín.
La guinda del pastel es el equipamiento: un patrullero de 33 metros y cinco lanchitas interceptoras, que se suman a otras siete ya entregadas. El presidente Noboa ya debe estar planeando las regatas de fin de semana para ver cuál corre más. La nueva política parece ser «primero hunde la lancha, luego pregunta si llevaban atún o cocaína». Mientras los defensores de los derechos humanos se jalan de los pelos, Rubio aclara con cara de póker: «Nuestro objetivo no es ir tras los pescadores». Claro que no. Es solo que, a veces, desde un dron a 10,000 metros de altura, un pescador con bigote se parece sospechosamente a Pablo Escobar. Al final, todo queda en una bonita foto, unos cuantos millones que se perderán en el camino y un montón de pescadores aprendiendo a nadar más rápido, por si las moscas.



