Oxford Economics le pegó un tijeretazo de dos puntos porcentuales a su previsión de crecimiento para Venezuela en 2026 y la dejó en 6,3% interanual. La culpa, según el informe, la tienen los terremotos del 24 de junio, esos invitados que llegan sin avisar, te mueven los muebles y encima te desordenan las cuentas nacionales. Tim Hunter, economista senior para América Latina de la firma y autor del análisis, advierte que el coletazo también va a sentirse en 2027: le recortaron 0,1 puntos a ese año y lo dejaron en 15,5%. Todavía suena a número de fantasía, pero ya no tanto.
“Los efectos de arrastre hacen que el crecimiento anual de 2027 también se vea afectado, aunque el gasto en reconstrucción empuje el crecimiento trimestral”, escribió Hunter con tono de quien ya vio cómo un temblor te cambia hasta el asado del domingo. Pese al recorte, la cifra de 2027 sigue siendo alta. Oxford espera que una recuperación moderada de la producción petrolera ayude a empujar la economía un poco más, aunque con el freno de mano todavía puesto.
El informe también avisa que la inflación mensual volvió a acelerarse después de que los sismos le dieran un golpe a la confianza y mandaran al bolívar cuesta abajo como pelota en pendiente. Estiman que la inflación interanual tocó un máximo de 572% en julio y proyectan que baje a 303% a fines de 2026 y a 70% al cierre de 2027. Bajar de quinientos y pico a setenta suena a alivio… hasta que te acordás de que setenta por ciento anual sigue siendo esa sensación de que el billete se derrite en el bolsillo entre el almacén y la casa.
El tipo de cambio, claro, depende en parte de que siga la cooperación entre Venezuela y Estados Unidos. Si los petrodólares fluyen con cierta estabilidad, la depreciación del bolívar se modera. Desde un nivel cercano a 750 bolívares por dólar, Oxford proyecta un cierre de 2026 alrededor de 859. Ni catástrofe total ni milagro: más bien esa devaluación de “vamos viendo, pero traé más billetes”.
La producción petrolera es la vedette del pronóstico. La firma apuesta a que Venezuela pueda subir hasta 1,5 millones de barriles diarios para 2028, desde los 1,2 millones de junio. Eso sí: solo si hay reformas de verdad y la mano con Washington no se enfría. Porque sin crudo estable, el resto del libreto se parece demasiado a una promesa de campaña en año no electoral.
Hunter cierra con la frase que nadie quiere escuchar pero todos sospechan: una recuperación sostenible a largo plazo va a necesitar un cambio institucional profundo. Traducción de sobremesa: no alcanza con tapar grietas y rezar; hay que tocar los cimientos. Y las proyecciones, como siempre, quedan colgadas de varios hilos: cómo evolucionen los daños de los terremotos, qué haga la política económica, cuánto petróleo salga realmente y cómo ande el vínculo entre Caracas y Washington.
Moralita de contador con casco de obra: los temblores te mueven la tierra, te aflojan la moneda, te recalientan los precios y te obligan a reescribir el Excel del año que viene. Oxford bajó la vara, el petróleo sigue siendo el comodín y el cambio institucional aparece en el párrafo final como ese arreglo de la casa que todos saben necesario… pero nadie quiere empezar el lunes. En Venezuela hasta los sismos vienen con proyección macro y asterisco.




