La elección en Brasil se pone más caliente que el asfalto en verano, con un empate técnico y escándalos para todos

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Lo que parecía una carrera presidencial más aburrida que una charla sobre impuestos se ha convertido de la noche a la mañana en el culebrón del año en Brasil. La cómoda ventaja del presidente Lula da Silva se ha esfumado más rápido que el sueldo en fin de mes, y ahora se encuentra en un empate técnico con su retador de derecha, Flávio Bolsonaro. Una encuesta reciente los pone 42% a 41%, una diferencia tan pequeña que podría decidirse por un estornudo.

El drama tiene dos ingredientes principales: la economía y una buena dosis de trapitos sucios. La creación de empleo se ha frenado y la gente debe más dinero que nunca, lo que ha puesto a Lula en aprietos. Pero el verdadero espectáculo es la guerra de acusaciones. Primero, Bolsonaro se vio enredado en un escándalo con un banquero de dudosa reputación. Ahora, el hijo de Lula, apodado “Lulinha”, está siendo investigado por corrupción, reviviendo fantasmas que el presidente preferiría dejar enterrados.

En un acto que mezcla la genialidad política con la desesperación más absoluta, Lula ha sacado un conejo del sombrero: una propuesta de ley para reducir la semana laboral a cinco días sin tocar el salario. La idea es tan popular que el 69% de los brasileños la apoya, poniendo a Bolsonaro en una encrucijada. Si se opone, queda como el villano que odia los fines de semana largos; si la apoya, le regala una victoria a su rival en el momento más crítico.

Bolsonaro, que no es ningún aficionado, ha intentado una maniobra evasiva proponiendo que cada trabajador negocie su propio horario, una idea tan práctica como pedirle a un gato que ladre. Mientras tanto, sus aliados intentan retrasar la votación con la esperanza de que el calendario los salve. Para completar la ofensiva, Lula también está impulsando leyes de seguridad pública y la eliminación de un impopular impuesto a las importaciones baratas.

Y como si a este sancocho le faltaran ingredientes, ahora hasta un juez del Tribunal Supremo ha sido salpicado por el mismo escándalo bancario. Bolsonaro, ni corto ni perezoso, ha aprovechado la oportunidad para desviar la atención de sus propios problemas y vincular al juez con Lula. A un mes de las elecciones, la política brasileña es un circo de tres pistas donde nadie sabe quién es el payaso y quién es el domador.

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