Este miércoles en Miraflores, con más protocolo que una boda de rico y más sonrisas forzadas que foto de familia en Navidad, Venezuela firmó flamante papelería con Chevron y Eni para que estas metan más cuchara en sus pozos, y con GE Vernova para intentar que la luz deje de comportarse como un novio indeciso: a veces sí, a veces no, y siempre con drama.
Ahí estaba el secretario de Energía estadounidense Chris Wright, flanqueando a la presidenta interina Delcy Rodríguez como quien llega de visita con el talonario y la llave inglesa. Todo esto después de que Washington y Caracas anunciaran el 28 de agosto ese acuerdo “histórico” que entrega la explotación de una quinta parte de las reservas petroleras venezolanas. Histórico, sí: de esos que se firman con bombos, platillos y la esperanza de que el billete extranjero haga lo que el ingenio local lleva años intentando con cinta aislante y oraciones.
Wright soltó la frase de manual del visitante con chequera: que estos convenios traen miles de millones de dólares, montones de empleos y, ojalá, un poco de paz, oportunidades y prosperidad para todos. Traducción libre de adulto cansado: “Trajimos plata; ahora hagan el milagro y no se peleen en la puerta del nevera”. Chevron y la italiana Eni operarán varios bloques bajo contrato de producción petrolera, o sea, más participación, más control y menos “nosotros solitos podemos” de los que ya conocemos el final.
Delcy Rodríguez agradeció con ganas al presidente Donald Trump por el “esfuerzo conjunto” y por esos arreglos en los que, según el libreto, todos salen ganando. Ganar-ganar, esa criatura mítica que aparece en los discursos y a veces se esfuma cuando toca repartir la cuenta. El gobierno también selló tratos con GE Vernova Inc. para reparar buena parte de la red eléctrica nacional: o sea, mandaron a llamar al técnico antes de que el apagón se vuelva tradición cultural. Y, para no dejar el tanque en vacaciones, firmaron con la venezolana Primavera la operatividad de dos campos en la faja petrolífera del Orinoco, ahí donde el crudo es pesado, las reservas son enormes y las promesas pesan casi tanto como el barril.
En resumen: entraron las majestuosas petroleras, llegó el arreglo eléctrico con acento gringo, hubo palmadas en la espalda en el palacio y se repartieron sonrisas de “ahora sí”. Falta ver si la luz se queda prendida, si el empleo aparece de verdad y si la prosperidad baja del discurso al bolsillo. Por ahora, el guion es clásico de telenovela con final abierto: socios nuevos, maletines abiertos y un país que lleva años rezándole al pozo y al bombillo.





