Después de tres días de llanto y lamentos dignos de un velorio, Wall Street decidió que ya era suficiente drama y se puso de buen humor. El S&P 500 subió un modesto 0,46%, pero los inversionistas lo celebraron como si hubieran ganado el Mundial. Aprovecharon las ofertas de las acciones caídas y, por un momento, fingieron que la inflación, la guerra y el alza del petróleo eran problemas de otro planeta.
Las excusas para este arranque de optimismo fueron tan variadas como endebles. Dell Technologies se disparó un 14% tras dar buenas noticias, convirtiéndose en el alma de la fiesta. Mientras tanto, el precio del petróleo se tomó un respiro, lo que tranquilizó a los mercados con la misma eficacia que una palmada en la espalda a alguien que se está ahogando. Básicamente, la estabilidad del mercado se sostiene sobre pilares de cristal.
La Reserva Federal contribuyó al jolgorio con su famoso Libro Beige, donde concluyó que la economía “aumentó de forma modesta”. El gran descubrimiento del banco central fue que el crecimiento se debe a la demanda de centros de datos, lo que demuestra que nuestra adicción a las redes sociales y a la inteligencia artificial está salvando al capitalismo. El informe mencionó “IA” 19 veces y “centros de datos” 25 veces, dejando claro que el futuro es de las máquinas que nos espían.
Pero no todo fue color de rosa en este cuento de hadas financiero. Los datos de empleo mostraron que las empresas solo sumaron 38.000 puestos de trabajo, una cifra tan raquítica que hasta un equipo de fútbol genera más empleos. Sin embargo, el mercado decidió ignorar este pequeño detalle y prefirió aferrarse a las palabras del presidente de la Fed de Nueva York, quien dijo que la inflación parece ir por buen camino. Los inversionistas tienen la memoria selectiva de un político en campaña.
El panorama de fondo, por supuesto, sigue siendo un desastre esperando a ocurrir. El conflicto entre Estados Unidos e Irán mantiene el precio de la energía al borde de un ataque de nervios, con el petróleo rondando los 91 dólares por barril. Esto significa que la amenaza de una inflación descontrolada y más subidas de tasas de interés sigue ahí, agazapada como suegra en visita sorpresa.
Así que Wall Street cerró el día con una sonrisa, aunque con la misma estabilidad emocional de un adolescente. Mientras Uber anuncia 3.300 despidos y Chevron invierte miles de millones en Venezuela, los mercados prefieren enfocarse en las ganancias de un día. La atención ya está puesta en el próximo informe de empleo, esperando una nueva excusa para entrar en pánico o para seguir con una fiesta que a todas luces no durará mucho.





