En una decisión que tiene a los ejecutivos de Silicon Valley descorchando champán, las mayores economías del mundo se han puesto de acuerdo para adoptar unas directrices sobre inteligencia artificial. La propuesta, impulsada por Estados Unidos, es básicamente un marco regulatorio tan laxo que prácticamente le pide permiso a la tecnología antes de molestarla. Es como poner al zorro a cargo de diseñar la seguridad del gallinero, y el zorro ha decidido que las puertas abiertas son más innovadoras.
El documento, bautizado con el rimbombante nombre de “Principios de Carolina”, suena más a un folleto de autoayuda corporativa que a una regulación seria. Insta a los políticos a no ser demasiado estrictos, a colaborar con la industria privada (es decir, con los que están construyendo a nuestros futuros amos robóticos) y a tener muy en cuenta los costos de retrasar la adopción de la IA. Es el equivalente a decirle a un niño que no piense mucho antes de tocar un enchufe, porque la duda frena el progreso.
El secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, afirmó que lograr este acuerdo unánime supuso una “enorme cantidad de trabajo”, un esfuerzo titánico que seguramente consistió en enviar un correo electrónico con el asunto “¿Están de acuerdo con ganar más dinero?”. Por su parte, un asesor de la Casa Blanca añadió que el mensaje era simple: “queremos más crecimiento e innovación en todo el mundo”. Una forma diplomática de decir “déjennos hacer lo que queramos y todos nos haremos ricos”.
Para rematar esta obra maestra de la desregulación, los principios serán presentados para su adopción formal en la próxima cumbre de líderes del G20. ¿El lugar elegido para tan solemne ocasión? El club de golf de Donald Trump en Doral, Florida. No hay nada que grite “futuro de la humanidad” como discutir el destino de la inteligencia artificial entre el hoyo 9 y la barra libre del bufé.
Al final, esta es una victoria rotunda para la administración Trump y sus amigos de la industria tecnológica. Han conseguido que el resto del mundo firme un pacto de no agresión contra la gallina de los huevos de oro que es la IA. El mensaje es claro: si la inteligencia artificial un día se rebela y decide esclavizarnos, al menos no podrá quejarse de que la ahogamos en burocracia.





