Parece que la economía estadounidense tiene calentura y su mamá, el secretario del Tesoro Scott Bessent, está muy preocupada. En un evento que sonaba más a confesionario que a rueda de prensa, Bessent admitió que su trabajo es devolverle el «equilibrio» al mercado, una tarea tan realista como enseñarle a un gato a pagar impuestos. El pobre hombre anda comprando bonos viejos para ver si le baja la «fiebre» al sistema, como si le pusiera paños de agua fría a un paciente con un ataque de histeria.
El drama comenzó porque los rendimientos de los bonos a 30 años se dispararon a niveles no vistos desde 2007, justo antes de que todo se fuera al diablo. Según Bessent, esta «fiebre» especulativa necesitaba un calmante urgente. Viniendo de un tipo que fue ejecutivo de un fondo de cobertura, su declaración suena a pirómano quejándose del calor del incendio, pues sabe perfectamente cómo se aceleran las cosas hasta que explotan.
Cuando los críticos le señalaron que su plan de recompra olía a «flexibilización cuantitativa», que es el término elegante para «encender la impresora de billetes», Bessent se ofendió. ¡Para nada!, exclamó, esto no es imprimir dinero como si fueran cupones del supermercado. En su lugar, desempolvó un nombre de los años sesenta, la «Operación Twist», que suena más a un paso de baile prohibido que a una estrategia financiera seria.
Para defender la salud financiera del Tío Sam, Bessent sacó el clásico argumento del patio de la escuela: «¡Pero el otro niño está peor!». Aseguró que si Estados Unidos estuviera tan mal, todos correrían a comprar bonos alemanes, pero está ocurriendo justo lo contrario. Básicamente, somos el borracho que mejor se mantiene en pie en una fiesta donde todos ya están en el suelo.
Así que mientras el doctor Bessent aplica sus remedios de la abuela a una economía con delirios febriles, el resto de nosotros nos preguntamos si la «Operación Twist» no terminará siendo el baile que hagamos todos camino a la bancarrota. Él mismo lo dijo: «nada se encuentra nunca en equilibrio», lo cual es una forma muy poética de admitir que su trabajo es fundamentalmente inútil.



