Justo cuando los analistas económicos se sentían muy listos con sus predicciones, la realidad chilena les dio un guantazo con la mano abierta. Los precios al consumidor en agosto subieron un 0.6%, el doble del modesto 0.3% que los genios de las finanzas habían calculado en sus ábacos. Fue como esperar una llovizna y que te cayera encima un diluvio de deudas, confirmando que la economía tiene el mismo sentido del humor que un suegro enojado.
Los principales villanos de esta película de terror para el bolsillo fueron los sospechosos de siempre: el transporte y la comida. Los precios para moverse por la ciudad subieron un 1.6%, mientras que los alimentos y las bebidas sin alcohol se dispararon un 1.4%. Básicamente, ahora cuesta un ojo de la cara ir a trabajar para ganar un sueldo que apenas alcanza para comprar un pan que también subió de precio. Es el círculo vicioso perfecto, diseñado por un contador con muy malas pulgas.
Mientras tanto, en la torre de marfil del banco central, el comité liderado por Rosanna Costa decidió mantener la tasa de interés en un 4.5%, como quien mira un incendio en la cocina y decide que lo mejor es no moverse para no avivar las llamas. Es la sexta vez consecutiva que aplican la estrategia de “esperemos que se arregle solo”. Una postura de valiente inacción que seguro tranquiliza a todos los que cuentan monedas para llegar a fin de mes.
Lo más absurdo de todo es que el desempleo está por las nubes y la actividad económica anda más lenta que una tortuga con reumatismo. Según los manuales, esto debería frenar la inflación, pero la economía chilena parece haber tirado los libros por la ventana. Es una contradicción tan grande como encontrar a un gato dirigiendo el tránsito, demostrando que las reglas lógicas no aplican cuando se trata de tu dinero.
Pero no todo son malas noticias, agárrense los cinturones. En medio del caos, los costos de las comunicaciones bajaron un 0.3%. Así que, aunque no puedas pagar la gasolina ni el supermercado, al menos podrás llamar a tus amigos para quejarte de lo pobre que eres por un poquito menos de dinero. Un consuelo tan útil como un paraguas en medio de un huracán.



