Agarren sus tarros de cerveza y sus pretzels, porque el chismógrafo político alemán está que echa chispas. Resulta que Friedrich Merz, un señor muy serio del partido de gobierno, se subió al podio del Parlamento con cara de haber chupado un limón y empezó a repartir guantazos verbales como si fueran ofertas de supermercado. ¿El blanco de sus iras? El partido Alternativa para Alemania (AfD), que al parecer le acaba de dar una soberana paliza en unas elecciones locales.
Merz, más ardido que un hincha que pierde la final por un penal inventado, acusó a los de la AfD de dos cositas de nada: primero, de ser más amigos de Rusia que un oso siberiano de la hibernación, y segundo, de tener un plan de «remigración» que, según él, suena sospechosamente a «limpieza étnica». Básicamente, les dijo que su idea de país se parece más a un catálogo de muebles suecos que a una sociedad diversa, y que quieren empezar a devolver gente como si fueran un electrodoméstico defectuoso que no funciona bien. «¡Quieren un país más blanco que un comercial de cloro!», gritó, mientras el resto de diputados buscaba palomitas.
¿Y qué respondieron los acusados de la AfD? Pues, de momento, se hicieron los locos. Probablemente estaban ocupados decidiendo si el vodka cuenta como bebida nacional o buscando en Google Maps la mejor ruta para «remigrar» al vecino que pone la música a todo volumen los domingos. En otras ocasiones, cuando los acusan de extremistas, simplemente se encogen de hombros y dicen que la gente exagera y que es una falta de respeto a sus votantes, que, por lo visto, están encantados con la idea de un país con menos apellidos complicados de pronunciar.
Al final, mientras los trajeados se tiran los trastos a la cabeza y juegan a ver quién es más nazi o más comunista, el ciudadano de a pie sigue en las mismas: pagando impuestos, aguantando el tráfico y preguntándose si todo este drama hará que la salchicha baje de precio. La respuesta, por supuesto, es un rotundo y muy alemán «nein».



