En un giro de guion más inesperado que el final de una telenovela de las nueve, Estados Unidos y Venezuela decidieron que sus diferencias no eran tan grandes después de todo, especialmente con 65.000 millones de barriles de petróleo de por medio. La firma del acuerdo se celebró en el Palacio de Miraflores, un lugar que ha visto más drama que el camerino de una diva, oficializando una alianza para explotar 17 campos petroleros. Básicamente, es como esa pareja que se odia en público pero que no puede dejar de escribirse por las noches.
El enviado yanqui, Chris Wright, llegó a Caracas con una sonrisa de vendedor de autos usados, agradeciendo a todo el mundo como si acabara de ganar un Óscar. Según él, trabajaron «día y noche» durante siete meses, lo que nos hace imaginar a un montón de diplomáticos en pijama, con ojeras y sobreviviendo a base de café y arepas para cerrar el trato. Wright presumió que todo se hizo a «velocidad Trump», un término que suena a que las decisiones se toman en mayúsculas y con muy poca paciencia.
Por supuesto, los gigantes corporativos no tardaron en aparecer, oliendo el dinero como tiburones a la sangre. Chevron Corp. ya sacó la chequera para soltar más de 7.000 millones de dólares en los próximos cinco años, con la modesta meta de duplicar su producción. Mientras tanto, los italianos de Eni SpA planean una expansión tan grande que aspiran a superar el millón de barriles diarios, porque aparentemente la sutileza no es lo suyo.
Lo más alucinante del papeleo es que el acuerdo le da a una tal North American Blue Energy Partners los derechos de desarrollo por ¡100 años! Ni las hipotecas de nuestros abuelos duraron tanto. Es un compromiso más largo que una serie de Netflix con diecisiete temporadas. Para lograr esto, se contempla una inversión de hasta 100.000 millones de dólares, una cifra con tantos ceros que marea.
Para que nadie piense que todo esto es por vil metal, el secretario de Estado, Marco Rubio, salió a ponerle la cara bonita al asunto. Insistió en que la estrategia no cambia el objetivo de impulsar una «transición democrática» en Venezuela, lo cual es como decir que vas a un bar por el buen ambiente y no por la bebida. Según su lógica, la recuperación económica generada por el petróleo mágicamente creará las condiciones para unas elecciones de ensueño.
Así que, con la tinta ya seca, el acuerdo pasa del chismorreo político a la cruda realidad. Las empresas empiezan a mover sus fichas y el mundo observa para ver si este matrimonio por conveniencia sobrevive a la luna de miel o si todo explota antes de que llegue la primera factura. Hagan sus apuestas.





