Como si fuera un profeta del apocalipsis económico, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, se subió a un escenario y soltó una bomba que dejó a todos con cara de interrogación. Durante una charla con Larry Kudlow, y en medio de un congreso de gente que sabe de dinero, afirmó que el estrecho de Ormuz, ese pasillo acuático por donde pasa más petróleo que chismes en oficina, será completamente irrelevante en solo dos años. Según su bola de cristal, unos nuevos oleoductos harán que el estrecho pase a ser tan útil como un político sin promesas.
La audaz predicción de Bessent parece ignorar que construir esas tuberías gigantes no es como armar un mueble de Ikea; usualmente toma más de un fin de semana. Además, en su arrebato de optimismo, se le olvidó un detallito: por ahí no solo pasa petróleo. El aluminio y los fertilizantes, entre otras cositas, también necesitan pasar por el mismo sitio, a menos que planeen enviarlos por correo certificado, lo que podría tardar un poco más de dos años.
Mientras tanto, el Departamento del Tesoro, con Bessent a la cabeza, se ha puesto el traje de sheriff del barrio y anda repartiendo sanciones como si fueran volantes de pizzería. La semana pasada le cayeron a unas sucursales en los Emiratos Árabes Unidos del segundo banco más grande de Egipto, Banque Misr, por haber hecho negocios con Irán por unos 1.800 millones de dólares. Eso sí, al banco principal en Egipto ni lo tocaron, no fuera a ser que se enojara el faraón.
Y la fiesta de las sanciones no para. El propio Bessent adelantó, con la emoción de quien anuncia los números de la lotería, que “probablemente” sancionarán a otro banco esta semana y a uno más la siguiente. No conformes con eso, ahora también están viendo cómo fastidiar a las empresas que arriendan aviones, en un intento por dejar a Irán más aislado que un náufrago con mala conexión a internet.
Al final del día, queda un pequeño gran problema en esta ecuación: China, que compra más del 90% del petróleo iraní y ha ignorado las advertencias estadounidenses con la misma indiferencia con la que uno ignora las actualizaciones de software. Bessent remató su intervención con una frase digna de película de acción de bajo presupuesto: “Estamos enterrando la cabeza de la serpiente iraní. La serpiente aún no sabe que está muerta, pero dejará de moverse cuando se ponga el sol”. Ahora solo falta que la serpiente se entere de su propio fallecimiento.





