Inversionistas de Shein se amarran a sus acciones con la fe de un náufrago a una tabla

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En el último capítulo de la telenovela financiera del año, los inversionistas de Shein han decidido hacer un pacto de sangre, o algo parecido. Se han comprometido a no vender las nuevas acciones que reciban en la salida a bolsa durante seis meses. Es el equivalente financiero de un grupo de amigos que se tatúan juntos el nombre de su banda de garaje: un intento desesperado por demostrar una confianza que huele más a pánico escénico que a estrategia de negocios.

La compañía de moda, famosa por producir ropa que dura menos que un propósito de año nuevo, busca recaudar hasta 1.800 millones de dólares. Sin embargo, no se molesten en buscar sus ahorros, porque esta fiesta es más privada que el club de Toby. Resulta que los mismos inversionistas actuales se van a quedar con la mayor parte del pastel, dejando apenas entre 500 y 600 millones de dólares para el resto de los mortales institucionales que quieran unirse al juego.

Este numerito teatral llega después de que Shein intentara sin éxito cotizar en Nueva York y Londres, como ese amigo que es rechazado en todas las discotecas y termina en la fiesta de su tía. Para colmo, la valoración de la compañía se ha encogido más que un suéter de lana en la secadora, pasando de unos fantásticos 100.000 millones de dólares hace cuatro años a unos modestos 27.000 millones. Una dosis de realidad más dura que enterarse de que el ratón Pérez no existe.

Para que los primeros en llegar no lloren en la foto de la graduación, Shein les dará un premio de consolación. A los que invirtieron cuando la empresa valía más que un país pequeño, les darán una mezcla de dinero en efectivo y acciones gratis para aliviar el dolor de ver cómo sus millones imaginarios se esfumaron. Es como si te dijeran: «Lo sentimos por el mal rato, aquí tienes un cupón de descuento para tu próxima compra».

Al final, toda la operación parece un elaborado plan para que los mismos de siempre se vendan acciones entre ellos, mientras cruzan los dedos para que nadie se dé cuenta del desastre. Grandes nombres como Tiger Global y Tencent están en el ajo, asegurándose de que la casa no se les caiga encima. Mientras tanto, el resto del mundo se pregunta si esta estrategia durará más que una de sus camisetas después del primer lavado.

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