Imagínese encontrar un mapa del tesoro con diez pasos para volverse asquerosamente rico, pero haber perdido las llaves del coche, no tener gasolina y, para colmo, no saber quién va a conducir. Esa es la situación actual de Ecopetrol, la joya petrolera de Colombia. Unos analistas muy listos de BTG Pactual han identificado «diez palancas» para generar valor, un término corporativo elegante para decir «diez maneras de no arruinarlo todo». El único pequeño detalle es que el asiento del director general está más vacío que una billetera a fin de mes.
Tras la salida de su anterior mandamás, Ricardo Roa, la búsqueda de un sucesor se ha vuelto más larga y dramática que una telenovela de las nueve. El mercado, con la paciencia de un santo, está esperando a ver a quién sientan en la silla caliente. Los inversionistas no piden mucho, solo un genio con experiencia en la industria y la capacidad de dirigir una organización gigantesca sin convertirla en un chiste. Básicamente, están buscando a un superhéroe con corbata, y esos no abundan en las bolsas de trabajo.
Mientras la empresa fantasea con sus diez palancas mágicas, los analistas de BTG Pactual les han servido un balde de fría realidad. Han puesto el precio objetivo de la acción en 14,5 dólares, cuando actualmente se cotiza a 17,53 dólares. Para los que no son buenos con los números, eso es un potencial porrazo del 17,3%. Ah, pero para suavizar el golpe, ofrecen un rendimiento por dividendos del 5,1%, lo que deja el retorno total en un espectacular -12,2%. Prácticamente te están pagando para que pierdas dinero.
Y para añadirle un toque surrealista a esta comedia de enredos, la asamblea extraordinaria de accionistas, donde se supone que iban a resolver este embrollo, se ha retrasado. ¿La razón oficial? Un terremoto. Sí, leyó bien. Aparentemente, hasta las placas tectónicas están conspirando para que el drama continúe. Es la excusa corporativa del siglo, superando con creces al clásico «se nos cayó el sistema».
El futuro de Ecopetrol se perfila como un libro de «elige tu propia aventura». Si nombran a un líder competente, que sepa la diferencia entre un barril de crudo y uno de aceitunas, podrían activar sus famosas diez palancas y nadar en billetes. Pero si eligen al candidato equivocado, las preocupaciones sobre el gobierno corporativo se dispararán más rápido que el precio de los aguacates, y la empresa podría terminar siendo el hazmerreír de los mercados.
Por ahora, los inversionistas observan desde la barrera con un balde de palomitas de maíz, esperando a ver si la compañía logra sacar un conejo del sombrero o si, por el contrario, se pega un tiro en el pie. Mientras tanto, la petrolera más grande de Colombia sigue a la deriva, con un mapa del tesoro en la mano, pero sin nadie al timón que sepa leerlo.





