Washington se ha sacado de la manga el clásico “cierren el chiringuito un rato” y ha pausado las citas de visado en todo el mundo. La administración de Donald Trump, en plena cruzada migratoria digna de serie de acción barata, ha mandado a su gente de embajadas y consulados a cursillo intensivo mientras los solicitantes se quedan mirando el calendario como quien espera el autobús que nunca llega.
Un portavoz del Departamento de Estado soltó ayer, 25 de agosto, que han lanzado una “iniciativa de capacitación global”. Traducción libre: van a enseñar a los funcionarios a detectar de lejos al que llega con cara de “¿dónde se cobra el subsidio?”. Las citas se reprograman para que los consulados puedan practicar el arte milenario de decir “no” con sonrisa diplomática y sello contundente.
Trump, que de suaves no tiene ni el champú, empuja una campaña de deportaciones y revocaciones que pone nervioso hasta al que tiene los papeles más limpios que mantel de abuela. Visas canceladas, tarjetas de residencia en el aire y rechazos por el motivo que sea, incluido el temido “usted parece de los que se enganchan a los beneficios públicos”. Los aspirantes ya están recibiendo el aviso de “su cita se mueve” con la misma ilusión con la que uno recibe una multa de tráfico.
El Departamento de Estado, muy misterioso él, no ha soltado ni el temario del cursillo ni cuánto va a durar esta fiesta. Solo dice que quieren evaluaciones “integrales y consistentes”. O sea, que nadie se cuele de gorra y que todos los funcionarios apliquen el mismo filtro de sospecha profesional. Mientras tanto, el planeta espera con el pasaporte en la mano y cara de “¿ahora qué inventan?”.
Moraleja para el que sueña con el sello yanqui: si te aplazan la cita, no es brujería. Es que están puliendo la lupa para ver si vienes a trabajar… o a suscribirte al buffet de ayudas.





