El nuevo gobierno de Abelardo De la Espriella apenas se estaba acomodando en la silla presidencial cuando la tierra decidió darle el peor regalo de bienvenida: un terremoto con una factura kilométrica. Ahora, el país se enfrenta a un rompecabezas financiero digno de un escape room para genios, pues debe encontrar cómo pagar la reconstrucción sin asustar a los inversionistas que lo observan con la misma confianza que se le tiene a un primo que pide plata prestada por quinta vez.
Según los analistas del banco suizo UBS, el mercado le está dando al nuevo gobierno el beneficio de la duda, pero con la ceja levantada. Es como una tregua en la que le dicen: «Tienes un problemón, lo sabemos, pero muéstranos un plan coherente o te quitamos el internet». Laura Assis Iragorri, estratega de UBS, básicamente les pidió que dejen de hablar y expliquen con plastilina cómo piensan lograr la consolidación fiscal prometida mientras tapan los huecos del sismo.
La situación ya era un dolor de cabeza antes de que todo temblara. Colombia lleva dos años con un déficit fiscal de entre 6% y 7% del Producto Interno Bruto, y una deuda pública que sube más rápido que el precio de los aguacates. El presupuesto heredado de la administración anterior ya era un sudoku para expertos, con metas de reducción de gasto que sonaban más a un deseo de cumpleaños que a una posibilidad real. El terremoto fue como echarle gasolina al incendio.
Ahora la pregunta del millón es de dónde saldrá la plata. UBS calcula que la reconstrucción podría costar entre el 1% y el 2% del PIB, basándose en desastres pasados. El Ministro de Hacienda, Miguel Gómez, ya advirtió que sin hacer nada, el déficit podría dispararse a casi el 8% del PIB. Las opciones son igual de atractivas que elegir entre un dolor de muela y una visita a la suegra: o recortan gastos en otras áreas o aceptan que el hueco fiscal será más grande que el cráter de un volcán.
Como si el plato no estuviera lo suficientemente lleno, la inflación sigue al acecho y el Banco de la República mantiene las tasas de interés en un asfixiante 12%. Es como intentar correr una maratón con los zapatos amarrados el uno al otro. Mientras tanto, la moneda local se ha fortalecido, lo cual ha ayudado un poco, pero los expertos creen que esa buena racha podría durar menos que un helado en el desierto.
Al final, el gobierno colombiano tiene que hacer más maromas que un contorsionista de circo para reconstruir el país, mantener a raya el déficit y sonreírle bonito a los inversionistas para que no salgan corriendo con su dinero. La presentación del nuevo presupuesto será la primera prueba de fuego, y el mundo financiero estará mirando con palomitas de maíz para ver si logran sacar un conejo del sombrero o si todo el tinglado se les viene abajo.





