En un giro argumental digno de una serie de misterio, Venezuela ha decidido embarcarse en una misión épica: contar sus propias vacas. Después de 12 años sin tener la más remota idea de cuántos bovinos pastan en su territorio, el sector ganadero se ha dado cuenta de que para vender carne al mundo, primero hay que saber si tienes con qué. El plan es obtener una certificación internacional como país libre de fiebre aftosa, un papelito que básicamente le diría al planeta que sus filetes no vienen con efectos secundarios indeseados.
El vicepresidente de la Federación Nacional de Ganaderos, José Labrador, admitió con la sinceridad de quien confiesa no haber hecho la tarea, que la última cifra oficial es un fósil estadístico de unos 15 millones de cabezas. Desde entonces, el número de reses en el país es un misterio más grande que el paradero de un calcetín perdido. Para solucionar esto, han presentado un rimbombante «Máster Plan de Desarrollo Ganadero» con un horizonte de 30 años. Es decir, tienen un plan para el 2054 pero no una cifra para el 2024.
La lógica es simple y a la vez, absurdamente complicada: contar cada vaca, chivo, oveja y hasta el último pollo del país para poder programar las vacunaciones y que la Organización Panamericana de la Salud les dé la bendición sanitaria. El operativo de censo, que parece sacado de una película de espías rurales, se extenderá hasta diciembre de 2026. Con esta certificación en mano, sueñan con inundar los mercados del Caribe, Norteamérica y más allá, que actualmente ven la carne venezolana con la misma confianza que un correo de un príncipe nigeriano.
Pero como en toda buena tragicomedia, la trama se complica. No se trata solo de contar. Los ganaderos se enfrentan a una seguridad rural digna de una película del oeste, una escasez de combustible que hace que mover una vaca sea una odisea logística, y una infraestructura que pide a gritos una jubilación. Es como planear una fiesta de gala en una casa que se está cayendo a pedazos y sin saber si van a llegar los invitados.
Para financiar esta monumental tarea y el plan de tres décadas, ¿tienen un presupuesto detallado? Por supuesto que no. Pero eso no les impide mirar con ojitos de deseo unos 8.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional que, según ellos, podrían destinarse a la producción de alimentos. Aún no saben cómo van a acceder a ese dinero, pero la esperanza, como las vacas sin contar, es lo último que se pierde.
Mientras tanto, Venezuela se prepara para un censo que durará más que muchas series de televisión. Es un esfuerzo titánico solo para tener el punto de partida, un «usted está aquí» en el mapa de su propia ganadería. Para cuando terminen de contar, quizás las vacas ya se hayan mudado de país o fundado su propia república independiente.





