Resulta que un brasileño llamado Mat Velloso, que se codeó con los meros meros de Microsoft, Google y Meta, regresó a su tierra natal para soltar una bomba: Brasil está siendo «colonizado digitalmente». Es como si el resto del mundo estuviera construyendo naves espaciales y en Brasil apenas estuvieran descubriendo cómo usar el control remoto. Velloso afirma que el país corre el riesgo de quedarse más atrás que un caracol con reumatismo en la carrera global por la inteligencia artificial, básicamente porque la mitad de su cerebro digital ya vive en el extranjero.
El meollo del asunto, según este profeta del desastre tecnológico, es la energía. Para que las máquinas pensantes funcionen, necesitan electricidad como un político necesita aplausos. Mientras China está enchufando el equivalente a dos Brasiles enteros de energía cada año (540 gigavatios), Brasil a duras penas conecta 9 gigavatios. Es como presentarse a una carrera de Fórmula 1 montado en un triciclo a pedales. El país tiene la oportunidad de oro de ser el enchufe del mundo, pero parece que nadie encuentra el interruptor.
Pero no se preocupen, porque los políticos brasileños ya están en ello, aunque con la misma puntería que un borracho jugando a los dardos. Su gran idea para regular la IA es perseguir los *deepfakes* en las elecciones, ignorando que se puede manipular a toda la población sin usar una sola cara falsa, como demostró el escándalo de Cambridge Analytica. Además, han inventado un impuesto sobre los derechos de autor que, en la práctica, es como cobrarle a una máquina por tener una idea, volviendo todo más caro y lento. Una genialidad burocrática.
En una reunión con el presidente Lula, Velloso intentó explicar la urgencia del asunto. Imaginen la escena: un experto tratando de describir el futuro a gente que probablemente aún piensa que el internet viene en una caja. Al parecer, el vicepresidente Alckmin fue el único al que se le encendió un poquito el cerebro, mientras el resto probablemente se preguntaba si «GPU» era una nueva telenovela. Para colmo, los expertos pasaron de predecir la inteligencia artificial general en 200 años a solo 10, y los líderes del país todavía están tratando de configurar el wifi.
Lo más irónico es que Brasil es un país de absurdos contrastes. Tiene un sistema bancario digital, el Pix, que le da mil vueltas al de Estados Unidos, donde todavía se usan contraseñas como si fuera 1998. Y su sistema de salud público (SUS) es un paraíso comparado con el sálvese quien pueda de los gringos. Sin embargo, para abrir una empresa se necesita más papeleo que para lanzar un cohete a la luna, un laberinto legal diseñado para que nadie entienda nada.
Al final, Velloso se muestra optimista, quizás porque sabe que los brasileños son expertos en improvisar en medio del caos. Pero la advertencia queda en el aire: la IA viene a quitarle el trabajo a todo el mundo, desde el traductor hasta el que escribe estas tonterías. La gran duda existencial para Brasil no es si un robot le robará el empleo, sino si llegará primero la IA o un nuevo trámite gubernamental. Hagan sus apuestas.




