La fiesta de la inteligencia artificial terminó: ahora los banqueros buscan quién paga los platos rotos.

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Vaya resaca que se traen los titanes de las finanzas. Primero, le dieron a sus equipos de tecnología un cheque en blanco para que jugaran con la inteligencia artificial, como si fuera un juguete nuevo y brillante. Ahora que las facturas llegan con más ceros que un código binario, los directores financieros corren por los pasillos con la calculadora en una mano y las sales aromáticas en la otra. La era del derroche ha terminado, y ha comenzado la temporada de buscar hasta el último centavo debajo de los sofás de la oficina.

El gran problema es que presupuestar para una IA autónoma es más difícil que adivinar el número de la lotería. Estas inteligencias se ponen a «razonar» por su cuenta, y cada tarea consume una cantidad impredecible de recursos, como un adolescente con acceso ilimitado a la tarjeta de crédito de papá. Según un experto, básicamente nadie en los bancos tiene la más remota idea de cuánto costará su próximo capricho digital, lo que convierte cada proyecto en una ruleta rusa financiera.

Los casos de la vida real son para llorar de risa. Un banco canadiense descubrió que darle acceso a sus modelos más potentes podría costarle 3,000 dólares canadienses por empleado al mes, una cifra que podría llevar a la quiebra a medio país si se descuidan. Por su parte, el Banco Santander, en un ataque de sensatez, logró reducir el costo de un proceso de aprobación de préstamos de unos 5 euros a unos miserables 0.03 euros, simplemente usando un modelo más modesto y menos diva.

La situación se ha vuelto tan absurda que en JPMorgan, algunos empleados “gastaban más en tokens que lo que ganaban de sueldo”. Estos «tokens», que son como las fichas de casino para que la IA funcione, se estaban consumiendo a un ritmo de locura. En otra entidad asiática, algunos equipos se gastaron todo el presupuesto de tokens en la primera semana del mes, dejando al resto de la compañía mirando la pantalla con cara de tontos y sin poder trabajar.

Para detener la sangría de dinero, un pobre ingeniero de un banco europeo tuvo que ponerse creativo después de que su equipo generara una factura de 80,000 euros que casi le provoca un infarto al director financiero. Su solución fue tan simple como genial: programó al sistema para que guardara las respuestas a preguntas frecuentes y usara modelos más baratos para tareas sencillas. Solo las consultas complejas, esas que requerían que la IA se pusiera sus gafas de pensar, se enviaban a los modelos más caros, logrando reducir la cuenta en un tercio.

A pesar del pánico, la mentalidad de «carrera armamentística» sigue intacta, porque ningún banco quiere que su competencia tenga el juguete más nuevo y ellos no. Esta desesperación por no quedarse atrás garantiza que el ciclo continúe. Como dijo un experto, al final del día la historia se repite: el director financiero recibe una factura de proporciones épicas y se pone a gritar por toda la oficina.

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