Lula, con las arrugas de un mapa antiguo y la energía de un abuelo que ganó la lotería, derrotó a Flávio Bolsonaro en un balotaje que parecía sacado de una telenovela de enredos. Brasil decidió seguir progresista mientras Argentina y Chile se iban de juerga con la derecha, y Trump miraba desde lejos como quien observa un partido de fútbol sin entender las reglas.
Los autobuses desaparecieron como calcetines en la lavadora, obligando al Tribunal Electoral a alargar la votación dos horas. Las urnas electrónicas, más tercas que un suegro en Navidad, se negaron a reabrirse aunque el juez lo ordenara. En Salvador hasta detuvieron a un secretario de movilidad que estaba de vacaciones en París, todo por culpa de un servicio público que parecía aliado del candidato perdedor.
Los seguidores de Bolsonaro se reunieron en un condominio de Río como si esperaran la final del mundial, mientras los de Lula celebraban con banderas y frases de esperanza que sonaban a propaganda de supermercado. El propio Lula, al votar, soltó que disputaba contra un miliciano y que el pueblo no permitiría que un mentiroso ocupara el Planalto.
Trump, desde la Casa Blanca, dijo que estaba atento pero sin apoyar a nadie, como el vecino que mira por la ventana sin meterse en la discusión. En Asia y Oceanía los votos se repartieron como empanadas en una fiesta: Lula ganó en varios países, Bolsonaro en otros, y nadie entendió por qué un balotaje brasileño se jugaba hasta en Tokio.
Al final, con el 51,7 por ciento, Lula logró un cuarto mandato que nadie pronosticaba. Brasil se mantiene como bastión progresista mientras el resto de la región parece haber apostado por el caos. Los autobuses volvieron a circular, las urnas se cerraron y el país quedó esperando qué desastre viene en la próxima tanda de elecciones.




