Lula resucita del ataúd y deja a los mercados en ruinas como quien pierde en el póker

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Lula salió del féretro forrado de satén como un zombi de telenovela barata y agarró del pescuezo a Flávio Bolsonaro en un meme de inteligencia artificial que inundó las redes como ron en una fiesta de pueblo. El veterano de ochenta y un años ganó su cuarta presidencia y ahora todos se preguntan qué clase de Frankenstein político acaban de despertar los brasileños.

Frente a la multitud prometió que hasta un anciano puede cambiar, pero en São Paulo los banqueros sudaban como si les hubieran subido el alquiler a mitad de mes. Los inversores temían que Lula volviera a abrir la billetera estatal como quien saca fiado en la tienda de la esquina, y seis mil millones de dólares en acciones programadas para celebrarse se quedaron flotando como globos sin helio.

Hace veinte años el mismo Lula convertía el boom de las materias primas en crecimiento y reducción de pobreza, como un mago sacando conejos de la chistera. Ahora la deuda pública supera el ochenta por ciento del producto interno y las familias se ahogan en préstamos como quien paga tres veces el mismo televisor a plazos. El veterano líder, que sobrevivió al cáncer, a la cárcel y a dos derrotas contra la misma familia Bolsonaro, decidió esta vez pelear en Instagram y WhatsApp como un adolescente que descubre el filtro de belleza.

Compró su primer teléfono móvil, grabó selfis y se unió al Ejército de Lula, un grupo de once millones de seguidores que cerraron filas como hinchas de fútbol en final de Libertadores. Antes de la segunda vuelta subió un quince por ciento las prestaciones sociales y adelantó pagos para que los beneficiarios cobraran antes de votar, una jugada que olía más a campaña que a milagro económico.

Los aliados cuentan que el susto de la primera vuelta lo obligó a escuchar a los jóvenes asesores y a pensar en tender puentes con empresarios, aunque muchos temen que prefiera rodearse de leales como quien elige compinches para un asado dominical. El nuevo Senado inclinado a la derecha lo obliga a negociar con el centro y la derecha si no quiere que su agenda se quede en el tintero como una promesa de campaña sin cumplir.

Donald Trump soltó que las elecciones parecían amañadas y luego soltó que le cae bien Lula, en una de esas contradicciones que solo se entienden después de tres caipiriñas. Los mercados, mientras tanto, se desplomaron como castillo de naipes en día de viento, y ahora Brasil espera ver si el resucitado de esta vez gobierna con la billetera abierta o con el cinturón más apretado que nunca.

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