El Pentágono decidió que el USS Colorado, un bicho de 115 metros con misiles y torpedos caros, será el primer submarino de ataque nuclear estadounidense que vivirá a medias en Australia. El trasto zarpará hacia la base HMAS Stirling a finales de 2027, como quien alquila un departamento de tiempo compartido en la playa pero con ojivas nucleares en el garaje.
Los tres países del pacto AUKUS, esa especie de trío de amigos que se juntan para mirar feo a China, anunciaron el plan como si fuera un logro histórico. En realidad parece más un contrato de alquiler caro donde Australia pone el garaje, Estados Unidos los vehículos y Reino Unido aparece de vez en cuando con una cerveza tibia.
La base rotativa alojará hasta cinco submarinos: cuatro yanquis y uno británico. O sea, un timeshare nuclear donde los inquilinos se turnan para no dejar la llave puesta y evitar que el vecino del Pacífico se moleste demasiado. Australia sigue sin permitir bases extranjeras fijas, pero acepta que marines yanquis pasen seis meses al año en Darwin, lo mismo que un novio que solo aparece los fines de semana largos.
Todo el programa de submarinos de AUKUS podría costar hasta 235.000 millones de dólares en treinta años. Suficiente dinero como para comprar varios equipos de fútbol, pagarles a los jugadores un sueldo decente y todavía sobrar para que los políticos se compren yates. En resumen, un despliegue que suena a disuasión estratégica pero huele más a fiesta de mudanza con explosivos.




